Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 24, 2016

Urdangarín

Hace semanas que no se sabe nada de Urdangarín. La verdad es que me da igual. Movido por mi curiosidad lingüística —que es lo único que me interesa de este personaje— abrí mi diccionario bilingüe vasco-castellano, una vieja edición publicada por Ediciones Vascas (Zarauz) en 1982, el mismo año en que se publicó la «Ley 10/1982, Básica de normalización de uso del Euskera». Aún conserva el precio (375 pesetas) y en su contraportada se lee que este «diccionario vasco de bolsillo contiene todo lo referente al euskara actual con sus 26.000 voces, y es recomendable tanto para centros docentes en general como ikastolas; igualmente para grupos de aprendizaje de euskara para adultos, como gau-eskolas». Lo he transcrito tal cual, con sus errores de puntuación y de sintaxis. Esto era común entre algunos nacionalistas vascos y catalanes de los primeros años de nuestra democracia: hablar mal aposta el español para enfatizar su desapego con el Sur y su veneración por su región, nación, país o como lo quisieran llamar. Aprendí gallego y ahora estoy con el catalán; y confieso que algún día me zambulliré en la lengua de Unamuno, a la que amó y cuidó el bilbaíno con tanta o más pasión que al castellano (su tesis doctoral en la Universidad de Madrid fue sobre el vascuence). Fundamental fue en sus primeros años de efervescencia nacionalista vasca su amistad con Sabino Arana, y ambos publicaron en vascuence numerosos escritos y obras literarias, pero cuando este comenzó con sus historias de las singularidades y del «origen de la raza vasca», a Unamuno se le calentaron las barbas, hizo las maletas y se marchó a Madrid. «En vascuence no se puede pensar con universalidad», sentenció Unamuno. Con ella no podía expresar sus ideas abstractas, así que la abandonó como lengua de expresión literaria y filosófica.

Abrí, por tanto, el diccionario y busqué el término urdanga. Su traducción es `desvergonzada´, mujer de mala educación y de peor reputación. Salvo unas pocas palabras, yo desconozco por completo la lengua vasca, pero supongo que los que sí la conocen, los que voluntaria o espontáneamente la emplean en la docencia, en la administración, en los medios de comunicación o en cualquier situación comunicativa habitual, deben sentir por dentro algo así como una sonrisa traviesa cuando ven al exduque de Palma entrar en los Juzgados y oyen al periodista pronunciar su nombre: Urdangarín.

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