Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 4, 2016

El ascensor

Quisiera conocer la razón clínica, científica o quién sabe si misteriosa que empuja al ser humano a grafitear en lugares cerrados y con poca luz. Y me explico. Una empresa de reformas está transformando el piso quincuagenario de una vecina en una vivienda moderna y actualizada a las necesidades y expectativas de hoy. Dos meses les llevará el cambio de imagen. Para evitar rozaduras y posibles desperfectos en el mobiliario de la comunidad, han tapizado el suelo del portal con una tela roja, parecida a esas que pisan los actores famosos antes de entrar a un teatro para la entrega anual de premios, idéntica a la que colocan en la puerta de la iglesia y que conduce a los novios, como una alfombra mágica, a la sacristía para que rubriquen su santo y bendito enlace. Las paredes, además, han sido cubiertas con cartones, cortados milimétricamente para no tapar los interruptores de la luz y para cantonear las esquinas. Lo extraordinario, sin embargo, es el ascensor: salvo el techo, todo el habitáculo ha sido revestido con planchas de madera aglomerada que han fijado a las paredes con cinta de carrocero. Se percibe, al entrar, el olor a madera, el sonido amortiguándose entre las virutas encoladas a presión, el recogimiento que ofrece la sensación de estar en un bosque o, dejando volar la imaginación, en el interior del tronco de un árbol.

A los pocos días de su instalación aparecieron sobre la madera los primeros garabatos escritos con yeso y rotulador; al principio se trataba de palabras inocentes, como un «Hola» que quedaba sin respuesta, huérfano y solo entre tanto espacio orgánico, o de dibujitos tímidos como esos rostros que esbozábamos en la escuela juntando un 4 y un 6; pero, pronto, el grafitero suplantó su timidez por una temeridad y una desenvoltura inusitadas pintarrajeando, con alevosía y nocturnidad, mensajes dilógicos que rozaban la vulgaridad («Busco perra con correa»), blasfemias que no reproduzco para no herir la sensibilidad de nadie y símbolos satánicos de dudosa calidad. Cada vez que entro en mi ascensor y reveo los grafitis, tanto los antiguos como los inesperados, pienso en los homínidos que vivían en cuevas y que utilizaban las frías y ennegrecidas paredes como lienzos para recordar las estaciones y los ciclos de caza, o, movidos por un prurito estético, para representar el firmamento o el mundo que los rodeaba. Compruebo, en fin, que el homínido de hoy tiene mucho que aprender del de ayer.

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