Posteado por: josejuanmorcillo | abril 27, 2016

Inédito

Inéditos. Así quedaron Morante de la Puebla, Diego Urdiales y López Simón. Esto reza en la entradilla de la crónica taurina que firmó Antonio Lorca en El País Digital el pasado 13 de abril bajo el título «¿Qué comen y beben los toros inválidos?». Los tres espadas «quedaron inéditos ante la falta de fuerza de la corrida de Jandilla». Los toros, parados y sin fuerzas: no creo que la inmovilidad de los astados residiese en su invalidez; yo me habría quedado igual si tuviese delante de mí a un inédito. Un inédito. ¿Qué forma adopta un inédito? Tendría que releer los Sueños de Quevedo para conseguir algo de inspiración; alguien inédito quizás se presente como una nebulosa, un ente flotante de rasgos humanos pero difuminados, un espíritu errabundo en busca de editor o de autor. Pirandello, Unamuno, qué cercanos os siento ahora.

Es raro el término «inédito» en los tiempos actuales. Cualquiera puede publicar un libro: basta con rellenar unos folios, los entregas a una editorial de estas que publican lo que haga falta sin previa revisión, y por unos 1500€ te entregan trescientos ejemplares y te crees un escritor. Recuerdo el caso de un señor de Salamanca al que todos conocían como Roy. Era un caballerito de mediana edad, de litúrgicos golpes en el pecho y palmaditas en la faltriquera, caballito de poca monta pero con muchos faralaes. Notoria era entre todos los vecinos su escasa predisposición para la cultura, sobre todo cuando en una ocasión le quisieron prestar un libro y él contestó, con el gesto contrariado como si hubiese visto al mismísimo Satanás, que tanta letra junta lo mareaba. Gustaba de crencha y cigarrito fino, y vestía mocasines y ropa con olor a asilo; de rostro tosco y verbo rústico, despreciaba las relaciones íntimas —nunca se le conoció pareja, ni aun un triste y fugaz amor platónico—, y era su caso como el del ricote erudito de Iriarte: todo fachada y título, pero vacío y huero. Era un espécimen que amaba la mentira y que nunca logró mantener buenas relaciones con la ortografía ni con la retórica; representaba, en fin, ya entrado el siglo XXI, esa España caduca, atrasada, vetusta y analfabeta que hoy creeríamos extinguida, inimaginable en algún país del Norte y centro de Europa, donde la discreción y la prudencia se asimilan desde la escuela para evitar situaciones de ridículo social. Era aquel badulaque una imagen deformada sobre el espejo cóncavo de nuestra sociedad actual. Un inédito.

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