Posteado por: josejuanmorcillo | abril 20, 2016

Don Miguel

Me uno a la semana de celebración del cuarto centenario de la muerte de Cervantes recordando su figura y su obra una vez más, desde aquí, desde estas humildes líneas, desde este rincón en el que solo algunos fieles entran y del que otros tantos despistados apresuradamente salen subyugados por la inercia de pasar las páginas del periódico a una velocidad y tiempo que coincidan con los que se tarda en consumir un café con tostada o en dar correcta sepultura a una cerveza con tapa. Este centenario es un filón de oro para esos escritores irrelevantes y de escasa calidad que, sin conocer la obra cervantina, aprovechan que el Pisuerga pasa por Valladolid, recargan la tinta de sus impresoras y escriben una historia novelada sobre don Miguel y ambientada en la España de entonces, libro que pronto será olvidado y cuyo último destino será el oscuro y aséptico almacén que la Biblioteca Nacional tiene destinado a tantos ejemplares sin fuste, sin categoría y sin trascendencia que solo han servido para aliviar la economía de una editorial y sofocar la vanidad de alguien que cree pertenecer al parnaso de los elegidos. No recuerdo ahora quién dijo que solo hay que escribir de lo que realmente se conoce y se domina; de lo contrario, el resultado sería mera sandez, un ejercicio de la estupidez, un desatino difícilmente disimulable.

Poco nuevo se puede añadir a lo que ya sabemos, desde hace siglos, de Cervantes y de su obra. Cuán interminables son las interpretaciones que se han planteado sobre sus libros, qué numerosas las investigaciones que se han completado sobre el escritor, cuántos estudios acumulados en los anaqueles de miles de bibliotecas repartidas por el mundo. Yo quisiera, en este breve espacio que me queda, compartir con quien lea esto un apunte: la imagen de un señor que roza la ancianidad, inteligente, con un fino y elegante sentido del humor, gran observador de la sociedad, de una cultura vastísima adquirida a lo largo de una vida atropellada e intensa, de un señor con escasos recursos económicos —los pocos que le quedan de las exiguas ganancias obtenidas por sus libros— que toma la decisión de experimentar algo nuevo, algo que nunca nadie había escrito antes, de escribir con una libertad absoluta al margen de los preceptos literarios, de disfrutar —quizás como no lo había hecho jamás— relatando las aventuras de un anónimo hidalgo sobre el que decidió proyectar su propia imagen, su pensamiento más íntimo y su voz.

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