Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 30, 2016

El rostro de Cervantes

No se conoce el rostro de Cervantes. El cuadro que se conserva en la Real Academia, atribuido a Juan de Jáuregui, el que suele aparecer en los libros de texto o en cualquier motor de búsqueda en internet, no parece ser un reflejo exacto del insigne escritor. Jáuregui, recordémoslo, era también poeta, y para la posteridad literaria de nuestra lengua han quedado sus aceradas críticas contra la poesía de Góngora y Quevedo, su estrecha amistad con Lope de Vega y el elogio que por boca de don Quijote inmortalizó Cervantes de la traducción que hizo al español de la Aminta de Torquato Tasso («[…] y el otro don Juan de Jáurigui, en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución (sic) o cuál el original», II, 62). Sí sabemos que Jáuregui pintó su retrato, el que aparecería en la portada de la edición de las Novelas ejemplares de Cervantes, pero el cuadro está perdido. Y con su ausencia comienza la leyenda sobre el verdadero rostro del manco más famoso de la literatura universal, aunque, como sabemos, manco no era, conservó la mano, pero la metralla que recibió en Lepanto le inutilizó la movilidad del brazo por completo.

Cervantes y El Greco gozaban de una muy buena amistad. Fueron varios sus encuentros en Toledo y, al parecer, de los viajes que juntos compartieron por tierras manchegas uno de ellos desembocó en El Bonillo —quién sabe si en este pueblo se pudo haber inspirado el escritor para ambientar el episodio de las bodas de Camacho—. Con todo, uno de los retratos más sublimes del cretense, y al que no puso título, nombre ni identificación alguna, fue el que Pío Baroja bautizó como «El caballero de la mano en el pecho», cuya mirada, que sugiere virtudes como la nobleza, la serenidad, la fidelidad o la austeridad, tanto inspiró a los escritores del 98. Al margen de la maestría empleada para su elaboración, lo fascinante del retrato de El Greco es la asimetría de los hombros, ya que, si nos fijamos, el izquierdo está vencido por una malformación o atrofia, y esta casualidad ha dado pie a conjeturar con la posibilidad nada remota de que el caballero retratado sea el propio Cervantes. Yo creo —aunque esto da para otro artículo— que el retrato más fiel del escritor fue el que él dio de sí mismo en la descripción de su don Quijote, al que tanto amó y al que finalmente decidió dar muerte viendo tan próxima la suya propia.

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