Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 16, 2016

Lubricantes

El lubricante forma parte de la historia de nuestra especie. No podríamos ser lo que ahora somos sin él. Pienso en los millones de kilos de grasa y de aceite con los que nuestros antepasados impregnaron ejes y poleas para mover y elevar aquellos sillares tan pesados con los que construyeron edificios, catedrales, pirámides y puentes. Y, claro, conscientes de lo útil que resultaba el lubricante, se pensó —en un algún momento que los historiadores quizás determinen algún día— por qué no aplicarlo en los engranajes que articulan una sociedad. Y de aquellos barros estos lodos.

Lubricantes sociales hay muchos y los empleamos con un fanatismo faraónico. El cañeo, el tapeo, el tardeo y todos los «eos» que son de la misma estirpe, incluido el tonteo, nos ayudan a sobrellevar con su reconfortante pátina la monotonía diaria, el cansancio laboral y la pesada carga de nuestra existencia. Muchos se hiperlubrican combinando el copeo con un partido de fútbol; algún día se estudiará en profundidad el efecto placebo y lubricador que el deporte rey genera en la salud de millones de personas que padecen de desidia, de continencia verbal y de prudencia para no decirle al jefe o al compañero lo que desde dentro les bulle como una lengua de lava. Los hay también que lubrican su deseo de evasión o de autolesión con el tabaco y otras drogas, resbaladizas quimeras que te precipitan al abismo. Aunque son sin duda las redes sociales y la televisión los más populares, a pesar de que tras el efecto calor, que suele ser fugaz, sobreviene la sensación helada del silencio, de la soledad y de la incomunicación.

Sin la lubricación qué lacrimosa sería nuestra vida. El ayuntamiento de Sevilla la considera tan beneficiosa que sacó a licitación hace unos meses un contrato para comprar 7.000 dosis de lubricante vaginal y anal destinadas a los institutos de Secundaria de esta capital para que los adolescentes consigan «reconocer sus derechos sexuales y reproductivos, tomar decisiones de manera libre, saber pedir, decir no, atender a sus deseos, disfrutar de las relaciones eróticas, cuidarse, quererse, protegerse, afrontar dificultades». No creo que el área de Bienestar Social del consistorio sevillano haya acertado con esta grasienta decisión. La lectura, en cambio, es el mejor de los lubricantes sociales porque sosiega el pensamiento, dispensa libertad, educa la mente, libera los ánimos y dignifica nuestra existencia.

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