Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 9, 2016

Pedantes

El DRAE ha pasado a la historia como ya sucedió en su día con el Diccionario de Autoridades. Ahora se llama DLE, sigla del Diccionario de la Lengua Española, porque así resulta más integrador: denominar a nuestro diccionario normativo como el de la Real Academia Española suponía excluir al resto de Academias de nuestra lengua que están constituidas en varios países americanos y en Filipinas y que conforman la ASALE (Asociación de Academias de la Lengua Española). La aplicación del DLE ya la tengo descargada en mi móvil, y cuando la abres para una consulta se te muestra aleatoriamente una palabra y su configuración semántica. El otro día, la aplicación se abrió con pedante.

Los profesores de lengua y gramática más estimados hace siglos eran los que iban a las casas de las familias para enseñar a sus hijos. Su labor era escrupulosa y respondía a una formación académica de muy alto nivel, y como consecuencia de ello se tenía muy en cuenta la opinión que ofrecían sobre el uso lingüístico de escritores y cronistas. A estos docentes se les llamaba «pedantes». Actuaban con un celo profesional admirable, y por ello eran muy temidos desde el mundo literario. En una carta dirigida al cronista de Felipe III, Góngora le escribe «suplicándole a vuesa merced me tenga muy en su gracia, me honre, me enseñe y, enseñado, me defienda de tanto crítico, de tanto pedante como ha dejado la inundación gramática en este Egipto moderno». El cordobés no emplea «pedante» con la carga peyorativa de hoy; de hecho, en el Diccionario de Autoridades (1726-39) solo aparece la entrada de «maestro que enseña a los niños la gramática por las casas».

Para mejorar la protección jurídica del menor, todos los docentes tienen que firmar ya un certificado de penales con el que demostrar —para tranquilidad de las familias— que no son pederastas. La medida me parece magnífica, pero no considero correcto que se centre solo en este ámbito laboral ya que hay otras profesiones que se desempeñan con menores a su cargo —monitores de actividades extraescolares, pediatras o pastores espirituales y religiosos, por citar unos cuantos— y que se libran de esta medida. Es como sugerir que los pederastas más habituales son los educadores; es como poner en la misma saca a pedantes, pederastas y pedagogos, que, aunque coinciden en el lexema, no comparten la misma carga semántica y, por supuesto, deambulan por derroteros completamente distintos.

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