Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 24, 2016

Fotogramas

No paran de llegarme imágenes de familias sirias apretujadas sobre vallas fronterizas infestadas de concertinas, padres e hijos como corderos asustados huyendo del genocidio que extermina su país, suplicantes ante las cámaras de vídeo y los flases de fotos de periodistas internacionales que contemplan este dolor humano con la misma impasibilidad profesional que la de un cámara de animales grabando la lenta agonía de una cría de elefante que no puede sostenerse en pie ni alimentarse de la leche materna, rodeada de hienas hambrientas; periodistas que no interactúan, que solo graban y fotografían «escenas de la cruda realidad» que envían a los pocos segundos por internet a las redacciones de las principales agencias de noticias y de medios de comunicación mientras ellos, las víctimas, que serán protagonistas internacionales durante unos segundos en los telediarios del mediodía, se siguen consumiendo de hambre, de llanto y de dolor por la patria perdida, por el hogar devastado y por el angustioso futuro que les espera a sus hijos, los más débiles, los que aparecen ahogados sobre las arenas de las islas griegas, esa arena que vio florecer hace miles de años la cultura y la civilización europeas.

Puñados de rebaños humanos llenando los barcos del hambre que salían de los puertos españoles, italianos, irlandeses o alemanes, hace algo más de un siglo, en dirección a América, los barcos de la ignominia, los del destierro voluntario y forzoso, en busca del pan y de un techo para los hijos. Trenes de la posguerra abarrotados de emigrantes españoles que atravesaban Europa para diseminarlos como mano de obra barata, muy barata. Filas de republicanos en la frontera con Francia, bajo las negras, heladoras y lluviosas noches invernales del Pirineo, tiritando de miedo y de angustia, mirando hacia atrás para ver por última vez la amada patria, consumida por las bombas y el odio, un hombre mayor que ayuda a su anciana madre, los dos, acompañados por Tomás Navarro Tomás y Corpus Barga, juntos, que acaban de cruzar a Francia y pasan la primera noche en un vagón abandonado en la estación de Cerbère, aquí, don Antonio, tápense bien usted y su señora madre, mañana estaremos en Colliure y vendrán a recogernos, pero nadie fue a por ellos, víctimas del olvido y de la ingratitud, hace ahora 77 años, un 22 de febrero, cuando falleció don Antonio, y tres días después, de pena, su madre. Las mismas imágenes que no paran de llegar.

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