Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 10, 2016

Tiro al plato

El tiro al plato es un deporte que consiste en disparar a un objeto redondo, de arcilla, no mayor que un plato de postre, lanzado con gran potencia. Hay que hacerlo añicos, hay que destrozarlo para que contabilice como válido; rozarlo o hacerle una muesca no es suficiente. Según los expertos, el momento más apropiado para acertar de pleno no es al principio, cuando el plato sale proyectado desde la máquina de lanzamiento y no se sabe qué trayectoria puede seguir, ni al final, cuando desciende y está demasiado lejos porque los plomos ya van muy dispersos y con menos fuerza, sino en los instantes en que el plato alcanza el punto más alto de su parábola, esos pocos segundos en los que da la sensación de que el objeto queda suspendido, como detenido, en el aire: es entonces cuando se disparan los dos cartuchos para dar de lleno.

El tiro al plato, en España, es el deporte nacional. No se confundan: no es el fútbol, ni el baloncesto ni los toros. Es el tiro al plato. Hay miles de tiradores expertos en nuestro país que esperan el momento en que una persona relevante alcanza el cenit de su prestigio para quitarle el seguro a la escopeta, respirar hondo, apuntar bien y disparar los dos cartuchos para despedazarlo. Luego se apuntan el tanto y lo celebran en la soledad sórdida de su casa o entre aquellos que le han limpiado la escopeta, se la han engrasado y le han comprado los mejores cartuchos. Ese es el objetivo: hundir al que destaca, al que brilla, al que sobresale porque no aceptamos, no toleramos la brillantez, nos da náuseas la originalidad, nos roe la envidia por dentro como un gusano parásito que nos infecta con su saliva contaminada. Este carácter destructivo de los hispanos se hizo costra hace cinco siglos cuando España comenzó a encerrarse en su caparazón católico frente a la amenaza luterana y la Inquisición se convirtió en el más temible aparato político-represivo de los Austrias primero y de los Borbones después; Europa progresaba y nosotros acusábamos de herejes y mandábamos a la hoguera a los que sobresalían en algún campo científico o intelectual y en el momento en que sacaban la cabeza por encima de la superficie de la ortodoxia católica. La delación, la opresión y las amenazas no eran el ambiente más indicado para la ciencia ni para la investigación. Los tiradores de hoy son los inquisidores de antaño, con la misma puntería y con la misma efectividad. Con la misma pólvora.

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Responses

  1. Cierto.


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