Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 3, 2016

Tiempo

Acabo de llegar a casa de viaje. Es tarde y he encendido el ordenador para escribir estas líneas. He recorrido en coche la meseta manchega, desde Ciudad Real hasta Albacete, sin prisa, sin tráfico, sin estrés, y eso me ha permitido levantar los ojos y percatarme de una de las más espectaculares bellezas que nos da el Universo en las noches sin luna y sin contaminación lumínica: sobre el negro tapete del cielo, miles de cristales heterogéneos, caprichosamente dispuestos, latiendo de luz, como pequeños corazones vítreos. He detenido el coche, lo he parado y, sin salir de él, he contemplado la visión. Resulta extraordinario que la luz que yo estaba recibiendo de esos remotísimos soles llegaba a mí después de miles de años de viaje y que ese resplandor que he visto esta noche se originaría cuando se creó la escritura o cuando se construyó la primera pirámide egipcia; observaba esta noche una prueba viva del pasado milenario de nuestro planeta. Si hoy una de esas estrellas desapareciese o hubiese una colisión entre planetas o asteroides de tal magnitud que su luz cegara la Tierra, lo sabríamos dentro de decenas de siglos, y para entonces quizás el ser humano ya no exista. El presente de allí no es el presente de aquí; el concepto que nosotros tenemos del tiempo es tan menguado que nos creemos que vivimos en un año al que hemos numerado 2016, y bidimensionalmente concebimos la existencia partiendo de un pasado y esperando un futuro cuando seríamos incapaces de saber en qué momento de la creación estamos nosotros ahora. Por ello, el tiempo mecánico que nos hemos fabricado y que contabilizamos con relojes de la más avanzada tecnología no existe, es una invención del hombre para racionalizar de algún modo nuestra presencia en el mundo. Cualquier ser vivo, animal o vegetal, vive existiendo por sí y en resiliencia —qué término más admirable— con su entorno, sin la absurda racionalización de calcular si ha transcurrido una hora, un día o una semana de su vida.

He vuelto a arrancar el coche y a encender sus luces, unas luces tenues y mortecinas cuyo resplandor se difumina unos cientos de metros más allá de donde estoy. Luego he visto el reloj y me he dado cuenta de que se estaba haciendo tarde. Me he incorporado a la carretera con precaución y he continuado mi regreso a casa. Los árboles de la cuneta, a oscuras, dormitaban su negro sueño ancestral.

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Responses

  1. La luz viaja a su ritmo, sin prisa de llegar a ninguna parte.


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