Posteado por: josejuanmorcillo | enero 20, 2016

Vulgaridad (20-1-16)

«¿Hay algo más extraordinario que la lectura de un buen libro? Su relectura transcurrido un tiempo: cambia su interior y tú mismo con él». El entrecomillado es un tuit, y a veces da gusto leer algunos por su brillantez y rotundidad: no es fácil redondear en apenas ciento cuarenta caracteres, espacios incluidos, una idea, una reflexión, una crítica o una inquietud. Me gusta este tuit; cuando relees un buen libro tras varios años, descubres sensaciones distintas, afloran interpretaciones a las que antes no habías llegado y te das cuenta de que tú también has cambiado, de que ves la vida de una manera diferente. Reabrí hace unas semanas César o nada, de Pío Baroja, y mientras lo releía me fascinó como no lo había hecho años antes su personaje principal, César Moncada, su predisposición crítica y activa, un hombre de lucha y de acción, dispuesto él solo a cambiar la sociedad frente a todos los obstáculos, un don Quijote de principios del siglo XX quizás insuficientemente apreciado por la crítica y los lectores.

En las primeras páginas del libro, Baroja escribe: «Una democracia refinada sería la que, prescindiendo de los azares del nacimiento, igualara en lo posible los medios de ganar, de aprender y hasta de vivir, y dejara en libertad las inteligencias, las voluntades y las conciencias para que se destacaran unas sobre otras. La democracia moderna, por el contrario, tiende a aplanar los espíritus e impedir el predominio de las capacidades, esfumándolo todo en un ambiente de vulgaridad. En cambio, ayuda a destacarse unos intereses sobre otros». Un poco más arriba, el escritor vasco puntualiza que «lo individual constituye la originalidad, y la originalidad es siempre un elemento perturbador y revolucionario».

No recuerdo dónde lo leí, quién fue el autor que escribió «activismo de sofá» para describir esta nueva actitud social que ha nacido con las nuevas tecnologías y las redes sociales y que se fundamenta en promover cambios estructurales desde la comodidad e indolencia de un teclado, no desde la calle y con más rotundidad. Desde arriba se sigue alimentando al ciudadano con pan y circo, y con publicidad, con mucha publicidad. De lo que se trata es de que no piense el pueblo; que abra la boca y por ella meterle kilos de bazofia para que engorde su conformismo y se rebaje su rebeldía con el bromuro de la mediocridad. Esta es la vulgaridad de la democracia.

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