Posteado por: josejuanmorcillo | enero 15, 2016

Botín

No sé cuál es el fundamento teórico-jurídico de la doctrina Botín y tampoco es que me importe mucho —para qué andarnos con milongas— cuando de lo que se trata es de que una española, por razones de trascendencia social o de faltriquera o de los argumentos que se barajen, pueda eludir el banquillo de los acusados y quede archivado su proceso por delito fiscal y para el que la acusación popular pide más de un millón de euros y nueve años de prisión. Me parece, en cambio, pertinente comentar lo de «doctrina», porque, no nos engañemos, yo entiendo por «doctrina» un paradigma, una norma científica, en fin, un conjunto de ideas de cualquier ámbito cultural que son tomadas como válidas y defendidas por una persona o un grupo de fieles; una doctrina es también una enseñanza que se emplea para la formación de alguien, y, claro, llamar así a esta medida exculpatoria es revestirla de ínfulas desproporcionadas, algo parecido a llamar a un simple ratero «autor intelectual» de un robo. Lo de Botín es harina de otro costal, muy interesante, porque este «adoctrinamiento» lleva nombre de banquero, de uno de los banqueros más ricos del mundo, para el que la Asociación para la Defensa de Inversores y Clientes (ADIC) pidió 180 años de cárcel por la cesión de unos créditos que permitieron al banco eludir el pago de las retenciones a Hacienda, pero cuyo caso fue archivado por el Tribunal Supremo. ¡Odiendo! Un botín es también un tipo de zapato, mira tú, lo suficientemente alto para encubrir el pie por completo y parte de la pierna, ese tipo de calzado que hemos visto en tantas películas de forajidos y bandidos en el que solían esconder armas o joyas robadas y que seguro que no tiene nada que ver con los botines que llevaba el torito guapo de El Fari, ese torito que no iba descalzo y que a saber por qué misterio iba tan bonico.

Lo de los botines —habría que investigarlo— posiblemente sea un símbolo cultural de nuestra idiosincrasia: los botines que se obtienen de un atraco, de un robo o de una estafa; las armas decomisadas a un ejército vencedor; los botines de guerra, concedidos a los soldados como premio a una victoria militar, incluidos mujeres y niños; los botines que nos calzamos para aparentar que somos más altos y más guapos; los botines que se obtienen por corrupción, connivencia o tráfico de influencias. Es como si nuestra piel de toro nunca hubiese ido descalza. ¡Odiendo!

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