Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 27, 2015

Huerto de las Cruces (9-12-15)

No recuerdo ahora quién ha sido, pero me suena haber leído de él una respuesta en la que recomendaba que lo mejor que podíamos hacer todos es tomarnos un año sabático sin televisión y volver a salir a la calle y saludar a la gente y a los vecinos, y asistir a una obra de teatro, e ir al cine y, sobre todo, leer, leer tanto como si no fuera a haber un mañana. A ese año sabático le añadiría la desconexión a internet de nuestro móvil y que solo estuviera encendido en caso de llamadas personales o de trabajo, y así, solo así, estoy convencido de que estaríamos más relajados y de que regresaríamos a una especie de paz interna que hace ya más de diez años que no sentimos. Las emisiones televisivas no merecen la pena ni comentarlas, no instruyen ni forman, más bien debilitan nuestros sentidos intelectivos y nos hacen más dóciles y estúpidos, como si un gran hermano nos hipnotizara a través de los rayos catódicos y borreguizara nuestros gustos y costumbres. Y esta domesticación de estúpidos se intensifica con los cientos —y creo que no exagero— de fotos y vídeos sonsos y barriobajeros con los que contaminamos nuestros inalámbricos.

Ayer visité con mi familia un pueblo del interior de la provincia de Alicante. Nuestro destino era otro, pero una indicación junto a la carretera recordaba que en esa población se encontraba la casa museo de Gabriel Miró. Desde lejos, las casas parecían nacer de la roca y, entre ellas, la torre de la iglesia se erigía incólume y seria, con su tronco de sillares bien labrados, oteando vigilante las tierras del valle de Guadalest. Por esas calles estrechas y silenciosas —cómo suena el silencio en este pueblo alicantino—, ligeramente serpenteantes, se asciende hasta un estrecho y abandonado cementerio construido sobre las ruinas del antiguo castillo almohade hasta el que subía el escritor, desde donde, con la vista del mar al fondo y de la sierra a un lado, encontraría la tranquilidad y el reposo suficientes para escribir. Lo llamó Huerto de las Cruces, y a este cementerio literario invitó a amigos como Pedro Salinas, y en él seguro que el poeta llegó a percibir cómo las campanadas de la torre de la iglesia de san Pedro, desprendidas ya de su útero de metal, marcaban los ritmos cadenciosos del silencio, las pausas trémulas de la tranquilidad y de la belleza, el latido inacabable de la paz.

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