Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 5, 2012

Cíborgs (5-10-12)

El director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, presidió hace unos días en la sede académica la presentación del primer manual práctico de uso del español en internet: Escribir en internet. Guía para los nuevos medios y las redes sociales. La obra recoge recomendaciones de más de casi cincuenta expertos sobre correspondencia electrónica, español global, escritura colectiva, redacción para blogs, mensajería instantánea, redes sociales, emoticonos… y todo lo que hoy se nos antoja imprescindible para escribir con corrección en internet.

Este libro era necesario; responde a una realidad: según cifras que maneja el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), miramos una pantalla al menos ocho horas al día, y casi el 95% de los adultos comprueban sus correos, guásaps o redes al menos cada quince minutos. Leemos y escribimos diariamente en internet, es cierto. Pero también es verdad que la obsesión por estar conectados a la Red nos vuelve más ansiosos, depresivos y hasta psicóticos, y tanto es así que nuestras mentes sedientas de lo digital funcionan como la de los drogadictos: ante cada pitido o tono que nos avisa de la entrada de un guásap o de un comentario en una red social, nuestro organismo descarga dopamina, es decir, que se comporta como el de un jugador cuando realiza una apuesta. El ordenador o el teléfono móvil son, por tanto, en palabras de Peter Whybrow, director del Instituto de Neurociencia y Comportamiento Humano de la Universidad de California en Los Ángeles, como «cocaína electrónica», que nos genera ciclos de euforia seguidos de bajones depresivos.

El trastorno de adicción a internet ya está incluido en el manual que se consulta para diagnosticar enfermedades en EE. UU.; y sobre todo entre los adolescentes ya se detecta el llamado síndrome de la vibración fantasma, que se manifiesta cuando este siente que su móvil vibra cuando en realidad no está sucediendo nada. Incluso están justificados trastornos múltiples de la personalidad, como se vio en un alumno de una universidad norteamericana, que tenía cuatro avatares y mantenía abiertos en su ordenador los cuatro mundos virtuales. Relacionado con este tema de las enfermedades, lo extraordinario es que nuestro cerebro se está reestructurando: los usuarios habituales de internet muestran alteraciones indudables en el córtex prefrontal prácticamente idénticas a las de los adictos a cualquier tipo de droga, alteraciones que desembocan en la pérdida de memoria y en el deterioro de los procesos del habla y del control emocional y motriz.

Una de las últimas palabras incluidas en el DRAE es cíborg —del inglés cyborg, acrónimo de cybernetic organism—, y que se refiere a un «ser formado por materia viva y dispositivos electrónicos». ¿Acaso nuestra dependencia de móviles y ordenadores no ha supuesto ya el primer paso de los futuros cíborgs? Quién sabe si dentro de un futuro no muy lejano nos implantarán en la piel y en algunos órganos de nuestro cuerpo chips, pantallas y dispositivos que funcionarán con la energía de nuestros organismos. ¿O esto ya es el presente?

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