Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 5, 2012

Prado Nuevo (4-5-12)

Por primavera, las ciudades suelen parir habitantes estrafalarios que transitan entre la locura y la desesperación. No es habitual verlos todo el año, conque algo especial debe de tener esta estación para que los despierte de su hibernación y aparezcan, como excéntricas venus, no sobre conchas sino envueltos por un halo de misterio, mofa y exclusión. Ellos hacen de las calles y plazas su particular escenario, y quizás sin proponérselo van forjando ciertas leyendas urbanas que adquieren con el paso de los años categoría de mito. Por el centro de Salamanca, hace ya unos veinte años, se solía ver a un señor de mediana edad, bien vestido, que andaba furibundamente, gritaba tremendas frases lapidarias que pocas veces se comprendían bien y lanzaba, desde su blanquecino y cadavérico rostro sin pelo, cejas ni pestañas, terroríficas miradas que provocaban, sobre todo en los estudiantes distraídos, sustos que desembocaban inmediatamente después en risas de desahogo. Se decía que aquel hombre era catedrático en la Facultad de Químicas y que de un experimento mal medido en una probeta emanaron gases venenosos que inhaló accidentalmente, y que de aquellos humos llegaron esos aires, y creo que, por esta razón, este personaje inspiraba en el ánimo de todos un sentimiento más cercano a la compasión que al rechazo. Alguna vez quise acercarme a él para saludarlo o para que me arrojara algún aspaviento, pero nunca tuve el valor suficiente. Unos tres años después se evaporó tan repentinamente como aquellos gases que lo despertaron.

Un amigo me comentó un día que estas personas son felices dentro de su delirio. Y es posible que lleve razón; los romanos creían que los dioses susurraban al recién nacido unas palabras —las dicta, término del que proviene nuestra dicha `felicidad´— que señalaban el destino de la persona. Y por qué no estos personajes pueden creerse que una divinidad les ha susurrado un mensaje en el oído. Algo parecido a esto es lo que asegura Amparo Cuevas, la vidente de Prado Nuevo, junto a El Escorial; según ella, el 14 de junio de 1981, la Virgen se le apareció y le refirió esta comanda: que se construyese una capilla en su honor para meditar la Pasión de su Hijo y que —reproduzco ahora las supuestas palabras textuales de la Virgen— «si hacen lo que yo digo, habrá curaciones. Este agua curará. Todo el que venga a rezar aquí diariamente el santo rosario será bendecido por mí. Muchos serán marcados con una cruz en la frente. Haced penitencia. Haced oración». Lo que me sorprende de este mensaje es, por un lado, la falta gramatical que comete la Virgen, porque lo correcto es «esta agua» y no «este agua»; quizás es que Amparo no la oyó bien. Y, por otro, que el cardenal y arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, dé credibilidad a esta vidente y haya aprobado la construcción de esta capillita precisamente ahora que estamos en plena crisis del ladrillo; será por relanzar el sector aspergiendo antífonas y bendiciones.

Desde luego que hay enajenados dichosos a los que el cuento se lo conmutan por una novela fantástica con éxito editorial.

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