Posteado por: josejuanmorcillo | abril 27, 2012

Memoriales (27-4-12)

No recuerdo el nombre de aquella familia. Sí recuerdo, en cambio, y con total nitidez, que los siete españoles que habíamos llegado aquel caluroso mes de julio de 1989 a Estados Unidos, todos muy jóvenes, de entre 19 y 23 años, estábamos de pie en la explanada de un centro comercial enorme mirando nerviosos a siete parejas que, a su vez, nos examinaban con una sonrisa forzada. De todas ellas, la que más nos gustaba a todos era un matrimonio joven cuyo aspecto le confería a ella un aire de actriz de cine —rubia, delgada, voluptuosa— y a él de jugador universitario —mentón fuerte, sonrisa perfecta, atlético—, esa típica familia norteamericana sana y alegre, de ensueño, y de barbacoa dominical con niños después del partido de béisbol, así que deseábamos secretamente que al pronunciar nuestro nombre se adelantasen ellos en concreto y no otros. Cuando leyeron el mío, dos padres con dos hijos pequeños dieron un paso al frente, y la memoria, gratífica y sanadora, ha querido que haya borrado el contorno exacto de aquellos cuatro personajes que parecían sacados de una de esas películas gore de serie B en las que los actores, inexpresivos y autómatas, destripan a sus víctimas sin apenas mover un músculo de la cara. Yo veía a mis amigos seguir a unas familias encantadoras y montarse entusiasmados en coches que solo había visto en la tele mientras que yo, como la víctima propiciatoria a la que acaban de condenar al sacrificio, me subía a un cacharro destartalado y cochambroso con aquellos cuatro seres que solo habían conseguido articular un mísero y aterrador Hi. Días más tarde nos reunimos los siete españolitos de nuevo para hablar de nuestras familias de acogida, de sus casas y de lo que habíamos hecho, y yo solo les pude contar que aquella gente ayunaba los lunes y los viernes para que se les apareciese una Virgen yugoslava, que mataba las horas muertas leyendo a García Márquez y que la única vez que salí de aquella espantosa casa fue para ver el castillo de fuegos artificiales del 4 de Julio a las afueras de Nueva York, en un descampado, los cuatro juntos y abrazados y yo sentado sobre un pedrusco, con las manos ocultando mi cara enrojecida por el recuerdo de mi familia, de mis amigos y de mi casa.

Por razones evidentes me cambiaron de casa, y con la nueva familia de acogida despejé los miedos y regresó la sonrisa: el padre, bróker en Wall Street, me llevó un día en su mustang hasta Washington y visitamos la Casa Blanca. En la capital hubo un monumento que me impactó: el Memorial a Lincoln, en el que una gigantesca estatua sedente de este presidente, con las manos apoyadas en los brazos de una silla presidencial, tutela ceremoniosa la estancia, y desde su magnitud parece recordarnos que fue él quien dio fin a la Guerra Civil norteamericana y quien abolió la esclavitud.

Y aunque la RAE nos recuerda que la palabra memorial es un anglicismo y que su uso es desaconsejable, no puedo evitar, con estas líneas, erigir mi pequeño homenaje a aquel lejano julio del 89, turbio ya en las escondidas guaridas de mi memoria.

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