Posteado por: josejuanmorcillo | abril 20, 2012

Erasmo y la mujer (20-4-12)

Erasmo de Rotterdam supuso la culminación del movimiento humanista del Renacimiento europeo y fue, de hecho, el más importante referente intelectual de la Europa del siglo XVI ya que destacó en los campos de la filología, de la filosofía moral, de la política o de la religión, entre otros. Profundo conocedor de la cultura clásica, sus planteamientos teórico-filosóficos se basaban en el relativismo y, sobre todo, en la tolerancia: como buen humanista, creía en la paz entre los pueblos y sabía que esta solo podía llegar si los hombres alcanzaban a tolerarse entre sí independientemente de su religión, de su nacionalidad y de sus creencias. Por ello no es de extrañar que una de las becas universitarias europeas más importantes lleve su nombre. Entre sus obras destaca Elogio a la locura, dedicada a su gran amigo Tomás Moro y publicada unos pocos años antes de que Enrique VIII le cortara a este la cabeza por no abrazar la nueva religión anglicana y seguir siendo fiel al papa. En este libro, Erasmo sostiene que la necedad está presente en el ser humano sea cual sea su posición social o su formación cultural, y que sin ella y sin la mentira no sería posible la vida en sociedad.

Sin embargo, al leer esta obra impacta la inesperada opinión que Erasmo tiene sobre el matrimonio, de cuyo fracaso culpa directamente a la mujer: «¡Oh, dios inmortal, qué divorcios —o cosas peores que divorcios— habría por todos lados si el trato familiar entre marido y mujer no fuese sostenido y alimentado por medio de la adulación, de los escarceos, de indulgencia, de astucia y disimulo! ¡Ah, qué pocos matrimonios se celebrarían si el novio indagase con prudencia a qué juegos había jugado —ya mucho antes de la boda— aquella aparentemente tan tierna y púdica doncellita! ¡Y aún menos matrimonios se mantendrían unidos si, por estupidez o negligencia de los maridos, no quedasen ocultas numerosas acciones de sus esposas! […] Pero, ¿cuánto más feliz es estar así engañado que consumirse en el tormento de los celos y resolverlo todo con tragedias?».

Esta opinión ya no es tan sorprendente si se revisa, unas páginas antes, la apreciación que Erasmo defiende sobre la mujer: «Como dice el proverbio griego, “la mona siempre es una mona aunque se vista de púrpura”, y, así, la mujer siempre es mujer —es decir, mona— cualquiera que sea la máscara que adopte. […] Está, en primer lugar, la belleza de sus formas, que ellas anteponen con razón a todo lo demás y por cuyo mérito ejercen su tiranía incluso sobre los propios tiranos. […] Por otra parte, ¿qué otra cosa pretenden ellas en esta vida sino gustar lo más posible a los hombres? ¿No se encaminan a esto tantos cuidados, tantos afeites, tantos baños, tantos peinados, tantos ungüentos, tantos perfumes, tantos artificios para embellecer, pintar y fingir el rostro, los ojos y el cutis?».

A pesar de que hoy en día existen muchos seguidores de Erasmo, no creo que el más importante referente cultural del Humanismo europeo logre alcanzar dentro de la mentalidad actual la misma aceptación de la que ha gozado en siglos precedentes.

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