Posteado por: josejuanmorcillo | abril 13, 2012

Umbral, maestro (13-4-12)

Tras el entierro de Dámaso Alonso, Umbral escribió una columna (28-1-90) en la que describió el momento en el que el féretro del poeta era llevado a hombros entre sentidos y callados aplausos hacia su inhumación: «La barca caoba sobre hombros como olas duras y extrañas. Un aplauso triste y vecinal, como una floración que enero quiebra, cuando el furgón se va». De Paco se ha dicho que no era buen escritor porque empezó la escuela a los diez años, a los once lo expulsaron y tuvo que trabajar de botones para ganarse el pan, ese pan bajo el brazo que paseaba casi todas las mañanas con la vista fija, callada y refugiada tras una bufanda y un jersey penelopianos. «La barca caoba sobre hombros como olas duras y extrañas». Pocos son capaces de este lirismo, de esta capacidad metafórica tan solo comparable a la alcanzada por los poetas áureos, a los que tanto leía y admiraba. Tras la muerte, la barca de Caronte nos lleva al ámbito de los muertos, de las almas, por una laguna negra y procelosa de inquietos oleajes. Paco fue un autodidacta, todo lo que sabía —y era mucho— lo aprendió leyendo, y eso hace más sublime su logro literario y su magisterio periodístico. También lo fue Miguel Hernández («poeta bendito», según Umbral), al que su padre, cabrero de profesión, lo sacó de la escuela para pastorear y del que recibió más de una paliza cuando lo pillaba escribiendo versos bajo la sombra rácana y enferma de un árbol agostado. Y Miguel se escondía en la biblioteca de los jesuitas para leer a Quevedo y Cervantes, porque gracias a ellos huía de la realidad. Paco no llegó a conocer la ternura de su madre, su infancia la recordaba como un erial encharcado de frío y de nubarrones, y los libros le dieron el abrigo, la caricia y la ternura que necesitaba. Francisco Umbral apenas pisó la escuela, y tampoco hizo falta en un espíritu tan sediento de imágenes y de sensaciones. Valle-Inclán solía suspender en la escuela la asignatura de Lengua Española, y algunos manuscritos de Azorín, como babateles usados, están salpicados de faltas de ortografía que no saltan por mucho que las laves.

Reacio como era a las entrevistas de investigadores y doctorandos, con Paco conversé en una ocasión en Salamanca para que atendiera a un alumno cuya tesina, que yo dirigía, analizaba los recursos estilísticos y lingüísticos de sus columnas publicadas en El Mundo. Aunque accedió a regañadientes, no pudo ocultar que entre los pliegues de la coraza opaca y hermética que usaba como máscara se filtrasen chispas de amabilidad y de educación exquisita. Tan solo vetó un tema, el de su hijo, porque su muerte, impronunciable para él, le trajo su propia muerte en vida. «Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad».

Paco fue enterrado junto a su hijo. La barca lleva a cada uno a su sitio. Donde se merece.

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