Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 30, 2012

Cabellos (30-3-12)

Confieso que, debido a una imparable caída del cabello que me está dejando la cabeza huérfana de abrigo y de caricias pasionales, he sucumbido a las tentadoras redes de los alquimistas modernos, de estos nuevos buhoneros que te aseguran con su verbo halagador que, empleando cierto champú y algún que otro complemento vitamínico, no solo interrumpes el desmoronamiento capilar sino que incluso reflorecerán antiguas y gloriosas espesuras. Confieso que he caído, que fui derecho a una tienda de animales y compré un champú equino, de esos que se venden incluso ya en los supermercados de barrio, y que lo probé, y que sentí un estremecimiento del cuero cabelludo la primera vez que me lavé el pelo con él, y que lo he seguido usando día tras día, y ahora, tres semanas más tarde, he de confesar que, a pesar de tantas promesas y de tantos esfuerzos, todo sigue igual, que ya no hay estremecimientos capilares, que lo que se tiene que caer se sigue desplomando y que donde hubo no queda más que el rastro del recuerdo.

Este disgusto se me agrava cuando compruebo que salgo perdiendo al recordar la simbología que el cabello ha tenido en el varón a lo largo de la Historia. El pelo largo era marca de distinción y de elevado estatus social, de ahí que a los esclavos y presos se les solía pelar al cero o que los frailes se dejaran la tonsura (del latín tonsum `trasquilar, cortar el pelo´) como gesto de humildad y sometimiento; también simbolizaba la fuerza y la virilidad, y cómo no recordar el rapado que le infligió Dalila a Sansón, que lo dejó manso y dócil, como castrado; y, en otras culturas más exóticas, el cabello largo equivalía a honor y poder, y así lo comprobamos en los samuráis, que cuidaban su pelo con un esmero propio de los mejores estilistas actuales, o en los indios norteamericanos, que no solo hacían ostentación de vedijas cuando cabalgaban a pelo por las extensas llanuras desertizadas de Estados Unidos sino que coleccionaban cabelleras de vaqueros blancos cuando estos les calentaban las narices.

Afortunadamente no me ha tocado vivir en aquella época, porque parecería eso, o un esclavo, o un benedictino o un castrado, pero aún hoy en día se valora estéticamente mejor a un hombre con un pelo abundante, fuerte y sano que a otro con más claros que sombras, por eso que algunos caigamos en la vergonzosa trampa de comprar champú para caballos o que otros se gasten dineradas en implantes de cabello que, en su mayoría y por desgracia, parecen más bien esos cuarenta o cincuenta racimos de ocho o diez pelos de la nanci que tanta grima me causaban de pequeño.

A mí, en fin, ya solo me queda el consuelo de embelesarme con las fotos en las que se me ve con quince años menos, y, aunque nos intentan convencer de que ahora se lleva la cabeza rapada, guardo ahora siempre conmigo, como una reliquia a la que no me canso de adorar, una foto de tamaño carné en la que se me ve en plena adolescencia y con una cresta firme y erguida, orgullosa y valiente, como envalentonada frente al paso del tiempo y a los pesares de la vida.

Anuncios

Responses

  1. http://www.expansion.com/2013/05/08/directivos/1368034033.html


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: