Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 23, 2012

Gazapillos (23-3-12)

Un tocayo mío me ha enviado una curiosa y entretenida selección de gazapos. Ya se sabe que, además de ser una cría de conejo, por gazapo entendemos aquel error lingüístico que se comete por torpeza, ignorancia o apatía. Pues bien, de todos los que he recibido, quisiera compartir con ustedes unos pocos, aquellos que he considerado que eran los más llamativos.

Así, un titular reza de esta manera: “El fugado tras una reyerta con un muerto podría estar fuera de Navarra”; y no deja de ser curioso lo desesperado -o trastornado- que tenía que estar el protagonista de la noticia para tener que huir después de haberse peleado con un muerto. Claro que, para extrañezas, imagínense la existencia de objetos inanimados que deambulan por nuestras ciudades, buen material, sin duda, para espacios televisivos como Cuarto milenio; si no, lean el siguiente caso: “La Policía intervino una navaja de once centímetros que merodeaba por el polígono industrial”. En otro medio se escribió este disparate: “La autopsia confirma al 100% la muerte de Steffie”, y digo disparate porque parece ser que las autopsias se realizan ahora para confirmar si uno está vivo o muerto, así que háganme caso y huyan si ven cerca a un forense. Y, para concluir con esta muestra, fíjense en el estado de somnolencia en el que estría sumido el periodista que sentenció esto: “Los ciudadanos exigían que los pasos de cebra no se ubicaran en los pasos de peatones”.

Por la dimensión de los errores que acabamos de leer, más que gazapos tendríamos que hablar de mastodontes. Posiblemente, el término gazapo se aplicó cariñosamente para aminorar la gravedad de estos errores y considerarlos como inocentes e involuntarias meteduras de pata, cuando no lo son. Y si me permiten un inciso, esto del conejito me ha traído a la memoria la palabra músculo, que quiere decir `ratoncito´ (del latín mus `ratón´, y la terminación del diminutivo –culus), y que la acuñaron los antiguos romanos porque el movimiento del bíceps lo comparaban al de un ratón corriendo dentro del brazo; la forma y tamaño animaron también a aquellos a llamar testículos (`cabecitas´) a los genitales masculinos. En fin, todo es cuestión de echarle un poquito de imaginación, como a algunos gazapos.

Para terminar, y ya que hemos viajado a la antigua Roma, nos cuenta José María Iribarren que el origen de la palabra tocayo proviene de la fórmula que empleaban los romanos en cierta celebración matrimonial. En el momento en que la comitiva nupcial llegaba a la casa del novio, este le preguntaba a su futura esposa: “¿Quién eres tú?”. A lo que ella ritualmente respondía: Ubi tu Cayus, ibi ego Caya, que quiere decir: “Allí donde tú te llames Cayo, yo seré llamada Caya”. Esto es: a partir de ahora seremos iguales, y no habrá entre nosotros ninguna diferencia, ni siquiera en el nombre.

Con todo, y sin que yo me llame Cayo ni Caya, agradezco a mi tocayo el que me haya enviado estos gazapos que nos han hecho a todos compartir unas sonrisas.

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Responses

  1. Doy por hecho que esto no tiene nada que ver con el famoso “Cayus Malayus”….. 🙂


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