Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 24, 2012

El DPD (24-2-12)

Está a punto de celebrarse el aniversario de la publicación de una de las obras que más han ayudado a consolidar y a entender nuestra lengua. Se trata del Diccionario panhispánico de dudas, o DPD, y supone, a grandes rasgos, el resultado del empeño demostrado por los directores de todas las Academias de la Lengua Española para ofrecer una panorámica global y unitaria del español y para resolver las dudas lingüísticas que se nos plantean dentro de nuestro idioma, hablado por algo más de cuatrocientos millones de hablantes.

Es, por tanto, una labor de unificación lingüística entre todas las naciones hispanohablantes. Pero los académicos de principios del s. XXI no han sido los primeros. En el s. XIX, cuando ya era un hecho la progresiva independencia de las colonias españolas en América, surgió el pánico entre los lingüistas de ambas orillas del Atlántico por si se repetía con el español lo mismo que le sucedió al latín. Al desaparecer el Imperio Romano, las distintas provincias (Hispania, Galia, etc.) quedaron desgajadas y abandonadas lingüísticamente a su suerte al dejar de existir una cabeza política y administrativa visible. Todas ellas tenían en común, entre otras cosas, el mismo idioma, el latín, pero este comenzó a evolucionar de manera distinta en cada una de las zonas y comarcas que habían formado parte del Imperio. El italiano surgió en Italia; en Francia, varias lenguas, como el provenzal o el retorrománico; y en la antigua Hispania latina fueron formándose el castellano, el catalán, el galaico-portugués —que posteriormente se escindió en dos lenguas casi gemelas, el gallego y el portugués—, el aragonés, el leonés y el desaparecido mozárabe.

El venezolano Andrés Bello, consciente del peligro, escribió a mediados del s. XIX una Gramática española que sirviera de modelo idiomático a todos los hispanoamericanos con el fin de que el español de América no se distanciara demasiado del hablado en España y para que, así, por muchos años que pasasen, nunca llegasen a existir entre ambos diferencias insalvables.

Ahora, bastantes años después, se ha elaborado un magnífico trabajo con el mismo objetivo: fortalecer la unidad lingüística de todos los hablantes del español. Pero se ha prestado una mayor atención sobre el español de América, y es de justicia, porque, frente a los cuarenta millones de hablantes que hay en España, en la otra orilla son casi trescientos cincuenta millones, y esto quiere decir que el peso lingüístico es más intenso de allí para acá que a la inversa. Y, si no, escuchen: es prácticamente seguro que, dentro de muchos años, casi todos los hablantes del español sean seseantes, de la misma forma que por influencia del español de América hoy todos somos yeístas. Con todo, esto no deja de ser mera conjetura ya que la evolución de una lengua es siempre imprevisible, sujeta a condicionamientos sociales, históricos, económicos y culturales que hoy en día no podemos prever.

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