Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 17, 2012

Tabernas (17-2-12)

La efervescencia por entrar y conocer de primera mano un gastrobar, ya saben, ese establecimiento mitad bar y mitad restaurante que sirve tapas a precios económicos para acercar la alta cocina a cualquier ciudadano, se ha ido desinflando en Madrid y algunos de sus clientes habituales, cansados posiblemente de tanta innovación, han vuelto a las tabernas castizas de la capital, a esas tabernas que conservan sus mesas y sillas añejas, de madera barnizada por el roce de los años, por el vino y por las palabras, esas tabernas que mantienen la misma decoración de hace décadas —alguna de principio de siglo—, con sus reproducciones baratas de cuadros de Romero de Torres, con sus modestamente enmarcados programas taurinos donde todavía palpitan los nombres de Sánchez Mejías o Marcial Lalanda y con esos viejos toneles de vino que parecen dormitar serenos mostrando impúdicamente a los clientes su buche orondo y báquico, a esas tabernas, en fin, donde todavía se sirven las comidas caseras de siempre, generalmente de puchero, debidamente regadas con un generoso vermú y con un buen vino de la tierra.

La taberna, en sus orígenes clásicos latinos, era una choza o cabaña de madera, bastante tosca, que era utilizada como comercio familiar o, posteriormente, como frugal e insalubre prostíbulo. El nombre ya está presente en los orígenes de nuestra lengua, incluso en los poemas de Berceo en los que relata la vida de santos o los milagros de la Virgen. En la Edad Media, la taberna era, a la vez, mesón, posada y establecimiento de venta al público de vino y alimentos, y era el lugar más frecuentado al margen, claro está, de la iglesia. El Arcipreste de Hita, en su Libro de Buen Amor, nos ofrece el dato de que en las tabernas de su época se solía «sotar con vellaco», es decir, era frecuente escuchar música y bailar con gente de baja calaña. Estas tabernas medievales eran el templo de los goliardos, aquellos monjes que renegaban de su orden y que, tras colgar los hábitos, vagabundeaban por los caminos de toda Europa —sobre todo por el Camino de Santiago— componiendo y recitando sus poemas cantados —los carmina burana— por las tabernas, en las que gastaban su escasa fortuna en el juego, en el vino y en las mujeres. En una de estas composiciones líricas, un goliardo anónimo escribe: «Quiero morir en la taberna, / donde los vinos estén cerca de la boca del moribundo; / luego, los coros de los ángeles bajarán cantando: / “Que Dios sea clemente con este buen bebedor”. / Más ávido de voluptuosidades que de la salvación eterna, / con el alma muerta, sólo me importa la carne».

De la palabra taberna surgió contubernio, que, en su origen, significaba `convivencia en una misma choza´, y, aunque el Diccionario de Autoridades la define como una convivencia amistosa entre dos personas, no tardó en emplearse con el sentido de amancebamiento o cohabitación deshonesta. Y, las vueltas que da la vida, hoy este término se usa más en política, con el sentido de ‘alianza indebida o vituperable’. ¡Cuántas decisiones políticas inmorales no se habrán acordado en el rincón apartado de alguna taberna bulliciosa, discreta y humilde vaciando vasos de vino y viandas humeantes entre risas femeninas y música embriagadora!

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