Posteado por: josejuanmorcillo | enero 27, 2012

Suicidas (27-1-12)

Una de las últimas líneas de investigación sobre personajes históricos que fueron relevantes en el devenir de la humanidad se centra en la figura de Julio César, y concretamente en la idea de que lo que le sucedió a las puertas del senado no fue un asesinato sino un suicidio. Julio César sabía que iba a morir ese día, ya estaba avisado de sobra de que lo iban a asesinar, y él, que sufría una epilepsia incurable, quiso que acabaran con su vida en el mejor momento de su carrera política y militar, y así ganarse una inmortalidad honrosa y honorable. Fue un acto noble por él; consideró que era el mejor momento de morir y fue al encuentro de la muerte. El suicidio, efectivamente, era en la antigua Roma, como en algunas culturas lejanas de la europea, la mejor salida ante una situación desesperada motivada por razones familiares, económicas, laborales, militares o políticas; en la cultura japonesa, por ejemplo, se practicaba el seppuku —consistente en rajarse el vientre— para limpiar la deshonra, y, según consta en algunos documentos históricos, los mayas veneraban a Ixtab, la diosa del suicidio. En Europa, san Agustín, en el s. IV, fue el primero en considerar el suicidio como pecado porque atentaba contra el sexto mandamiento, y, a partir de entonces, sobre todo en la Edad Media, se prohibió enterrar al suicida en campo santo, su alma era enviada al infierno y su cadáver, cabeza abajo, era arrastrado públicamente con una estaca clavada en el pecho para ser golpeado por las gentes; la Iglesia, luego, confiscaba todos sus bienes. Fue a partir del siglo XIX, en Europa, cuando la cultura de la muerte fue liberada y pasó a un ámbito estrictamente privado; grandes escritores e intelectuales decimonónicos —como Larra o Lord Byron— decidieron suicidarse para huir de una existencia asfixiante, hipócrita, aburrida e insignificante.

A pesar de que el suicidio ha estado presente en la historia de la humanidad y en sus costumbres, veo deplorable y una tragedia social el suicidio de un adolescente. Leí hace poco que Gabrielle Joseph, una chica británica de dieciséis años, modelo de profesión, de carácter feliz, extrovertida y adorable según sus familiares y amigos, se quitó la vida lanzándose frente a un tren en marcha al haberse sentido poco deseada por parte del chico que a ella le gustaba porque este le había dado un plantón, y todo ello lo anunció pocos minutos antes en algunas redes sociales, como Facebook o Twitter. Solo pasaron setenta y cinco minutos desde que recibió el mensaje del chico en el que anulaba la cita hasta el momento del suicidio.

Dicen los expertos que el perfil del adolescente suicida responde a un joven crítico, muy perfeccionista, que no tolera el fracaso ni la frustración, que se siente poco querido y sin haber encontrado un lugar propio en el mundo. Los padres de Gabrielle acaban de lanzar una campaña en Gran Bretaña para concienciar a los adolescentes de que el suicidio no es la salida, sino que deben hablar con la gente más cercana a ellos, y que hay solución para todos los problemas existencialistas que padecen. Seguro que lograrán su objetivo: con diálogo y comprensión se podrán evitar tantas muertes inútiles.

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