Posteado por: josejuanmorcillo | enero 20, 2012

Genios (20-1-12)

La memoria almacena frases célebres, muchas de las cuales corresponden al comienzo de una obra literaria imborrable y eterna, que, al desempolvarlas, podrían dibujarnos a su autor. Varias veces he intentado figurarme el rostro inteligente y lúcido del autor de “Pues sepa, vuestra merced, ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes”, iluminado por la luz de un candil e inclinado sobre un pedazo de papel rugoso y desigual; o he procurado imaginar lo que tenía en su mente don Leopoldo en el instante en el que empezó a escribir las primeras letras de “La heroica ciudad dormía la siesta”; y, en fin, se me antoja un capricho de la fantasía evocar la figura ya madura de don Miguel, enmudeciéndosele los ojos rebosantes de experiencia y de sabiduría en el momento en que los fijó sobre una cuartilla y escribió “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”.

Con treinta y ocho años, un joven colombiano se sentó una mañana frente a su máquina de escribir y comenzó a teclear: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Unos cuarenta años más tarde, Gabriel García Márquez recordó ese momento en un discurso leído como agradecimiento al homenaje que recibió en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Cartagena de Indias; al rememorar cuándo escribió aquella primera frase, confesó lo siguiente: “No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir durante dieciocho meses hasta que terminé el libro”. Esos dieciocho meses dieron a luz Cien años de soledad, obra maestra de la literatura hispana y universal.

En 1997, en Zacatecas, Gabo también fue protagonista de aquel I Congreso Internacional de la Lengua Española y no por motivos literarios, sino por la polémica que originó con unas declaraciones que le valieron la repulsa de los académicos y la desavenencia de la mayoría de los hablantes del español. Afirmó: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lágrima donde diga lagrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”. Tras pasar un cierto tiempo, García Márquez suavizó su postura, quién sabe si porque recordó algún fragmento de algún maestro, como esa “batalla nabal” —que no “naval”— que Quevedo describe al comienzo de su Buscón.

Los genios sufren a veces deslices, resbalones y una extraña osadía circense. Pero se les disculpa el descuido por su gran aportación a la cultura y al progreso y provecho de la humanidad.

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