Posteado por: josejuanmorcillo | enero 6, 2012

La señora Chelo (6-1-12)

Los vecinos y el círculo más o menos amplio de amistades la ven como una señora de exquisitos modales que ella misma trata de preservar desde la incólume permanente hasta los andares, de costumbres intachables a las que diariamente saca brillo visitando la iglesia o asistiendo a obras benéficas, de conversación agradable que siempre se encarga de hacerla amena por ser aburridamente repetitiva, con sentido del humor aunque a veces se ría ella sola de sus chuscadas y la compañía se vea en la obligación de dibujar una sonrisa educada y socialmente correcta, y con un concepto algo rancio del abolengo familiar que no disimula desde las altas torres de su arrogancia y de su vanidad.

Pero, de puertas para adentro, la señora Chelo se desenmascara descargando tanta tensión histriónica y tanto fingimiento social con muchos de sus allegados, y principalmente con Bartolomé, su marido, un buen hombre, de espíritu noble y algo flemático, al que ha sabido someter a su voluntad durante algo más de cincuenta años faltándole al respeto casi a diario mediante gritos impertinentes, menosprecios e insultos vejatorios con los que ha conseguido no solo socavar su autoestima sino también minar su salud hasta convertirlo en una apariencia de lo que fue, y no como ahora, amilanado a los pies y a la sombra de su mujer, arrastrando pesadamente las heridas del tiempo y las de la vida por las calles de la ciudad, cabeceando su aflicción como un buey con un yugo insoportable, con el último insulto lacerándole todavía en la mente —otra nueva llaga que tardará en cerrar—, otro latigazo, otro tumbo para ver si se libra del yugo, pero sin fuerzas ya, cerca posiblemente del último surco que le queda por labrar, y la familia callada, sin reprocharle nada a la señora Chelo por no causar más disgustos a Bartolomé, solo diciendo las verdades cuando ella no está, y, mientras, aguantando sus salidas de tono de mujer consentida y mimada desde que era niña, sin permitir que alguien le lleve la contraria o que le levante un poquito la voz, sus palabras impertinentes disparadas desde unos labios con forma de cuenco invertido que dibujan en su cara alargada y fatídica una mueca de insolencia y soberbia, la señora Chelo, la señora presente en los principales actos benéficos de la ciudad, de profundos y cerrados golpes de pecho, compartiendo chismorreos y permanente con otras señoras distinguidas, de gesto afable y sonriente, educadísima en los círculos sociales, ella, la señora Chelo, tan agria y destemplada cuando se embute en su bata desgastada y descansa de su agitada vida pública haciendo añicos la privada, ella, la señora Chelo, a la que creíamos en vías de extinción dentro del ruedo ibérico y de este gran teatro del mundo que no para de sorprendernos, ella sigue procurándose su alta y merecida cátedra celestial sabiendo que seguirá encendiendo crispaciones, atizando comadreos y reavivando asperezas mientras devora fríamente las doce uvas del nuevo año.

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