Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 2, 2011

Tonterías (2-12-11)

Cansado de la rutina informativa y del torbellino político generado tras las últimas elecciones generales en España y con el ánimo abierto a la sonrisa, busco en la red, selecciono y al fin leo lo que una joven llamada Tatiana Castro, miss Colombia y candidata a miss Universo en el año 1994, respondió aquel año a la pregunta de a quién salvaría en un incendio en un museo, al perro guardián o a los cuadros. Así contestó: “Al perro, porque ellos también son seres vivos”. Si Darwin levantara la cabeza, quizás creería encontrar el eslabón perdido en esta señorita. En ese mismo año —fatídico, como se ve, para la investigación y la docencia—, la señorita Heather Whitestone, que aspiraba a miss Estados Unidos por el Estado de Alabama, se quedó muy hueca y relajadísima cuando descerrajó este monólogo: “No viviría para siempre, porque no deberíamos vivir para siempre, porque si debiéramos vivir para siempre, viviríamos para siempre, pero no podemos vivir para siempre, por lo que no viviré para siempre”. Si esta moza hubiese sido coetánea de Cervantes y este hubiese tenido la fortuna de conocerla, sin duda en ella se habría inspirado cuando en el primer capítulo de la primera parte del Quijote, justificando la locura del hidalgo manchego, escribió don Miguel: “[…] y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello”.

Yo, desde luego, no quiero acabar como mi paisano literario intentando encontrar el sentido a tales despropósitos y tonterías. No hay un étimo claro para el adjetivo tonto; es uno de los pocos términos que tenemos en la lengua cuya procedencia se desconoce. Lo más seguro es que esta palabra tuviera un origen expresivo, tal como sucedió con otras como lelo, bobo o memo. Fue muy frecuente a lo largo del siglo XVI y muy usada por los principales escritores; así, Santa Teresa de Jesús escribió: “¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo, pondré un vocablo por otro con que haré daño”. O el albaceteño Pedro Simón Abril, que en su Traducción de la Ética de Aristóteles, de 1577, calificaba con este término a unas determinadas personas: “Pero de los que exceden, el que excede en no temer no tiene nombre (y ya habemos dicho en lo pasado, que muchas cosas hay que no tienen proprio vocablo), mas puédese decir hombre loco y sin sentido, y tonto, el que ninguna cosa teme”.

Es un hecho comprobado que siempre ha habido más tontos que de costumbre habitando entre nosotros; quizás habría que plantearse si esto nos hace más humanos.

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