Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 4, 2011

Apagón (4-11-11)

La semana pasada, debido al llamado “horario de invierno”, nos vimos obligados a retrasar los relojes una hora para contribuir al ahorro energético, medida que, para la mayoría, resulta desde hace ya unos años bastante impopular porque nos altera el descanso y el metabolismo a cambio de lograr un ahorro real verdaderamente irrisorio. Todo esto me recuerda al apagón de electricidad de cinco minutos ideado hace unos años en Francia para concienciar al planeta sobre el imparable cambio climático causado por la utilización de fuentes de energía contaminantes; sin embargo, aunque monumentos y lugares emblemáticos europeos quedaron en tinieblas, la mayoría de los ciudadanos no apagó ni una sola bombilla, lo cual llevó a algunos a bautizar aquel acontecimiento como “el apagoncito”. Además, y para más inri, el corto apagón motivó paradójicamente una subida en los niveles de contaminación al tener que encenderse de nuevo automáticamente las centrales térmicas cuando los europeos pulsaron los interruptores tras los cinco famosos minutos en tinieblas.

Quizás ustedes sepan que los verbos apagar y pagar son hermanos mellizos. En la Edad Media se empleaba apagar con el sentido de `satisfacer o apaciguar a alguien´, justo el mismo significado que tiempo atrás adquirió su hermano mayor pagar, es decir, `satisfacer o contentar a una persona´. Los dos provienen del verbo latino pacare (`pacificar´), que lógicamente tiene la misma carga semántica que su étimo: pax (`paz´). Así que no resulta un trabalenguas ni un acertijo el afirmar que al apagar los interruptores —y pagar, así, menos— estamos doblemente contentos y satisfechos.

Ahora bien, el verbo apagar comenzó a usarse a partir del siglo XVI y de manera generalizada con el sentido de `aplacar´ o `extinguir´ algo. También hoy en día decimos “apagar la sed” o “apagar la ira”, y en ambos casos se emplea como `aplacar´ estas sensaciones; y, lógicamente, al apagar las luces las estamos extinguiendo, las estamos matando, como cuando se apaga un incendio. Posiblemente piensen que he exagerado al emplear el término matar para la luz o el fuego, pero lo he hecho a propósito porque apagar tuvo un duro competidor hace siglos en el verbo amatar. En su Libro de Buen Amor, el Arcipreste de Hita escribe que “mala es de amatar la estopa que arde”; y Santa Teresa de Jesús recomienda en su Libro de la vida que, cuando el sentimiento amoroso es muy intenso, hay que procurar “amatar la llama con lágrimas suaves y no penosas”. Al margen de estos dos ejemplos, en los cuales el sentido empleado es el de extinguir una llama, también eran comúnmente aceptadas en aquellos siglos frases como “amatar las ganas de comer”, esto es, con el significado de aplacarlas.

El apagoncito fue solo un gesto simbólico que no supuso un ahorro de energía ni tampoco contribuyó a reducir las emisiones contaminantes a la atmósfera, pero sí marcó un toque de atención hacia una trágica realidad: que nuestro planeta se está asfixiando y agotando, y que entre todos lo estamos extinguiendo, lo estamos apagando.

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