Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 28, 2011

Eufemismos (28-10-11)

Antes de aquel día había oído en las declaraciones de muchos testigos que la explosión les había parecido como la de una bombona de gas, una explosión seca y potente, capaz de hacer añicos los cristales de muchos metros a la redonda y de convertir en una masa informe y grotesca de metal los vehículos más próximos a la detonación. Era viernes por la mañana, a primera hora, y justo cuando cerré la puerta de mi casa para coger el ascensor oí la explosión, no demasiado potente, amortiguada, sin duda, al estar yo rodeado de las paredes del pasillo, dentro de la estructura del edificio, pero sí lo suficientemente destructiva como para destripar la ventana de la cocina y hacer saltar las alarmas de varias viviendas. Todo lo que quedó de la onda expansiva fue una columna de humo negruzco apenas visible desde la cocina y a través de un marco metálico, ya herido y desvencijado, que, con los pocos cristales rotos que apenas se sostenían, parecía la mandíbula maltrecha de un escualo colgada de la pared a modo de trofeo.

Ya abajo, en la calle, la visión era dantesca: un coche destrozado, con sus tripas de metal por fuera, como garras crispadas, y dentro un hombre inconsciente, cuyo rostro estaba difuminado por la negrura de la pólvora quemada y con las piernas desmembradas, deshechas en jirones de carne chamuscada, huesos rotos y sangre cauterizada. Afortunadamente, la bomba lapa no explosionó unos minutos antes, cuando dentro del coche del capitán Aliste aún iban montados sus hijos, peinados y somnolientos, de camino al colegio. El militar sobrevivió, y me emocionó oír su voz días después del atentado decir con entereza que a Eta se vence desde la ley y no desde la venganza, la misma voz que escuché de nuevo hace unos días por la radio manifestando su alegría tras el comunicado de Eta en el que anunciaba el abandono definitivo de la violencia.

Ese mismo viernes del atentado, cuando entré en mi clase de la Facultad, me dirigí a mis alumnos para recordarles que los actos criminales, vengan de donde vengan, hay que nombrarlos directamente, sin rodeos, sin eufemismos. Y puntualicé que los medios informativos se empeñan en hablar de “artefactos explosivos” cuando son bombas; o tratan y comentan sobre el “impuesto revolucionario” cuando estamos ante una extorsión; o se contabilizan “víctimas inocentes” cuando son muertos y asesinados.

Como aquel día, como aquella fría mañana salmantina, hoy también deseo hablar sin rodeos tras el anuncio de alto el fuego definitivo de Eta. Y creo que nos estamos acostumbrando al eufemismo y al uso de términos neutros que no expresan directamente lo que se desea: “alto el fuego permanente” o “camino hacia la democratización en el País Vasco” se me antojan frases huecas; abandono definitivo de las armas y de la violencia, disolución y desaparición de la banda terrorista y convivencia en paz y tolerancia lo significan todo.

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