Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 21, 2011

El lenguaje futbolístico (21-10-11)

No cabe duda de que, dentro del campo periodístico, es en el ámbito del deporte donde la lengua española alcanza su mayor actividad creadora, y sobre todo en las crónicas escritas, que atesoran una magnífica colección de figuras retóricas, frente a las orales, más proclives al error lingüístico. Debido a la gran aceptación social que vive el deporte en España, y principalmente el fútbol —el deporte rey—, algunos lingüistas relevantes han subrayado la decisiva influencia que los periodistas deportivos ejercen sobre los oyentes. Tanto es así que el profesor Lázaro Carreter definió la crónica deportiva —tanto oral como escrita— como el más destacado “taller de forja idiomática”.

Pero entremos algo más en materia. Una de las particularidades que define este lenguaje deportivo es el uso hiperbólico o enfático del idioma, ya que todo tiende a sobredimensionarse —un gol, un resultado, un partido, una victoria histórica,…—. Y el mejor ejemplo podemos encontrarlo en la abundancia de términos que pertenecen al campo semántico bélico: se habla de lucha fratricida entre dos equipos locales o regionales; los goles son misiles que traspasan el fuselaje del rival; un entrenador tiene preparada toda su artillería ofensiva; un equipo se atrinchera; un campo de fútbol es un fortín; los goleadores son cañoneros que engatillan su pierna buena para disparar a portería; un equipo visitante se encuentra en territorio enemigo; si se gana con facilidad se habla de paseo militar, pero se dice victoria épica si se ha vencido dejándose la piel en el campo; un goleador de falta directa es un francotirador; un delantero fusila al portero lanzando un obús imparable, pero, cuando no golea, es porque tiene la pólvora mojada

También recoge muchos términos del campo semántico religioso. Hace unos días leí: “El Madrid tenía el mejor demonio posible: Caparrós. Un diablo para exorcizar”. Pero podemos encontrar más ejemplos: a los jugadores que caen en el campo víctimas de una entrada peligrosa se les aplica el agua milagrosa y se ponen de pie en menos que canta un gallo; un equipo que se deja golear hace de buen samaritano, y el que gana continuamente hace su particular peregrinaje al título; cuando un equipo no ha jugado bien nadie se salva de la quema; un jugador que mete su primer gol en Liga recibe su bautismo de gol…

Asimismo hay términos recogidos del mundo del mar: tirar por la borda el trabajo de un mes cuando los jugadores han perdido el rumbo y no hay uno que se convierta en el timonel de la nave y evite el naufragio, el hundimiento; o cuando un futbolista hace agua (que no aguas, que eso es orinar) por la banda es porque está jugando mal y, como una embarcación, comienza a hundirse por el agua que se va filtrando.  Y del lenguaje taurino: un jugador remató la faena tras apuntillar a un equipo difícil de lidiar, y salió por la puerta grande de un estadio en el que se colgó el cartel de no hay billetes. Y, en fin, del lenguaje musical —un jugador da un recital cuando juega muy bien—; del de la política —se le da un voto de confianza a un entrenador—; del circense —un entrenador está en la cuerda floja—; del gastronómico —un equipo se merienda a otro—; etc.

Así pues, hemos comprobado la permeabilidad y heterogeneidad del lenguaje futbolístico al nutrirse de un gran número de términos de otros campos o disciplinas, y es esto, precisamente, lo que hace de él un campo fértil de productividad y lozanía lingüística.

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