Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 7, 2011

Pícaros (7-10-11)

Cuando me presentaron, hace ahora casi veinte años, a Pepe S., lo primero que me dijeron fue que venía de Hispanoamérica y que era el hermano del embajador de su país en España. Este parentesco unido a unos modales exquisitos, a un verbo ágil y lúcido, a una pronunciación simpática de las sibilantes y a una conversación siempre amena le otorgaban un encanto que sabía explotar muy bien a sus cuarenta años a pesar de no tener un físico extraordinario, pues no era demasiado alto, estaba algo pasado de carnes y lucía una barba espesa que solo dejaba libres de sombra una nariz gordezuela y unos ojos pequeños y picarones. Había venido a nuestro país para hacer las españas, y su hermano, convencido de que no tardaría en asentar la cabeza, le fue pasando una pensión generosa que él se ocupaba y preocupaba en darle el responso tan pronto como la recibía hasta que el hermanísimo tuvo noticia de sus negocios y le cerró el grifo, de tal manera que del embajador solo quedó el recuerdo y unos folios oficiales de la embajada que Pepe sabía aprovechar muy bien para pedir favores, atenciones y alguna que otra entrevista.

Para subsistir colocaba el señuelo entre personas incautas y con dinero. Lo conocí en el Ateneo salmantino, a donde fui invitado para asistir a un concierto-recital de jóvenes escritores y artistas, entre los que se encontraba un japonés que tocaba la guitarra española más mal que bien y que había venido a España a perfeccionar su desfigurado estilo. Pepe, cuando supo que desde Japón le mandaba su padre espuertas de dinero, lo convenció de que, a sus diecinueve años, era un gran artista y, bajo la promesa de actuaciones y entrevistas, lo metió en su estrecho apartamento a cambio de que pagara el alquiler, las facturas, el supermercado y las botellas. Como sabía que idolatraba hasta el paroxismo a Joaquín Rodrigo, aquel verano consiguió unas entradas para el concierto que el maestro dio en El Escorial, y, tras la actuación y empleando sus artimañas, logró llevar al japonés al camerino del gran guitarrista; habría que ver al joven temblándole las piernas, sin parar de hacerle reverencias y diciendo entre lágrimas “maestro” cada vez que doblaba el cuerpo.

Coincidimos en muy pocas ocasiones porque no le era rentable; los favores económicos y académicos que me pedía quedaban huérfanos de padrino y sin bautismo, pero, a pesar de ello, mi compañía le resultaba agradable. La última vez que lo vi fue el día que me invitó a su casa a comer y, aunque insistí en pagar yo el pollo asado que pedimos por teléfono, él fue tajante: “Esto lo paga Hiro Hito”. Así llamaba al pobre japonés, en cuya cara me pareció adivinar aquel día que se estaba cansando de tanto engaño, palabrería hueca y desplantes, masticando lenta y ceremoniosamente la carne, en silencio y sin levantar la mirada, mientras Pepe, entre chascarrillos y risotadas, se limpiaba con el dorso de la mano los pegotes de grasa que quedaban temblando en la barba en una escena que recordaba a la de los pícaros áureos, aquellos que, a cambio de ayudar en las cocinas negras y pringosas de los mesones y ventas, picaban (de ahí su nombre) los escasos restos de comida.

Después supe que a los pocos días el muchacho volvió a Japón sin su guitarra, a la que abandonó triste y desafinada en el aeropuerto, y que Pepe, al quedarse con lo puesto, voló de Salamanca a Madrid en busca de otro nido con polluelos a los que desplumar.

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