Posteado por: josejuanmorcillo | septiembre 9, 2011

Burquinis (9-9-11)

Como todos sabemos, el regreso al trabajo tras las vacaciones estivales conlleva varios sacrificios, y casi todos relacionados con el ámbito laboral. Pero, al margen de estos, hay otros que son tan difíciles de sobrellevar como si sufriésemos un insoslayable castigo divino que te condenase a soportar una pesada carga y, como Sísifo, llevarla monte arriba para luego despeñarte y volverla a subir, sentencia hacia la que, a fuerza de costumbre, uno siente una fobia enquistada, intensa y profunda, una penalidad como la que voy a compartir con ustedes, amables y fieles lectores, en el artículo de hoy. Me llamó el otro día un amigo para que nos viésemos al salir del trabajo y tomar una cerveza, que llevamos todo el verano sin vernos, que qué ha sido de ti este tiempo, que adónde has viajado, que ya me contarás. Con el ánimo penitente previendo el correctivo llegué al lugar de encuentro con gesto cambiado y, aunque lo observaba con esa cara de dolor y de sacrificado que a él no le importaba un bledo, no tardó nada en sacar su Tablet PC —que no sé cómo demonios se asentará este aparato lingüísticamente en nuestro idioma— para enseñarme las fotos, los vídeos, las grabaciones del mar en que se bañó, por la mañana, por la tarde y por la noche, porque no suena el mar igual, ¿sabes?, será por las mareas, las grabaciones de su perrito y las de su mujer roncando, así como los montajes audiovisuales de todo lo anterior, por lo que tuve que verlo todo de nuevo para mi castigo, y esta vez a cámara rápida y con música de fondo.

Pero como de todo hay que sacar provecho y enseñanza, me fijé en unas fotos que mi amigo tomó en una playa de Alejandría y que me llamaron la atención porque casi todas las mujeres que había sentadas en la arena o bañándose vestían un traje de neopreno que solo dejaba visibles la cara, las manos y los pies, y que parecían maniquíes articulados. Recordé entonces las imágenes en televisión de unos grandes almacenes de Kuwait en las que los maniquíes de los escaparates aparecían por ley enseñando solo la cara y las manos para que no incitaran al erotismo. ¿Esto no será el famoso burquini? Me dijo que sí, y que también lo llevaban puesto mujeres no musulmanas porque, además de proteger del sol, disimula cartucheras y michelines, que en Londres ha sido una de las prendas más vendidas pero que en Francia lo han prohibido porque lo consideran antihigiénico.

Sea o no así, lo cierto es que las mujeres de la foto que llevaban ese traje ceñido que les realzaba las curvas parecían muy atractivas, algunas estaban incluso maquilladas. Al final habrá que creerse lo que un estudio demuestra: que los maniquíes (del neerlandés manneken, diminutivo de man `hombre´) son una fecunda fuente de inspiración para nuestros deseos y sueños eróticos, y no sé si se habrán basado para tal conclusión en don Ramón Gómez de la Serna, que, tras la infidelidad de su pareja, compró un maniquí femenino en el rastro de Madrid al que lavaba, maquillaba, vestía elegantemente y sentaba en la mesa del salón cuando recibía visitas, y a la que le ofrecía comida y bebida como al resto de los comensales. “Esta seguro que no me engaña”, sentenció en una ocasión don Ramón mientras su lindo maniquí lo observaba desde la oquedad de sus ojos secos.

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