Posteado por: josejuanmorcillo | junio 17, 2011

Guay (17-6-11)

Hay palabras que hibernan, que permanecen aletargadas durante muchos años en las calladas celdillas de un idioma y luego, inesperadamente, despiertan y circulan de nuevo, de boca en boca, entre los hablantes de esa lengua. Resulta chocante, pero es así. A lo largo de la historia del castellano, que ya tiene algo más de mil años, los hablantes no solo han ido incorporando términos nuevos —casi siempre por necesidad— sino que también han desechado otros por considerarlos desfasados o poco aconsejables para la moda lingüística del momento. Algunas de estas palabras ya han desaparecido; son técnicamente vocablos muertos, pues no pertenecen al mundo de la lengua viva, del español actual. Es el caso de broslar, muy habitual hace cuatrocientos años, pero que, paulatinamente, los hablantes fueron sustituyendo por bordar, que es el que hoy empleamos; o el término omecillo, que aparece en varias ocasiones en el Quijote, y que no tardó en desaparecer del uso porque lingüísticamente hubo claras preferencias por el cultismo rencor (del latín rancor).

Pero también se han dado los casos de palabras que no han desaparecido, sino que en un momento determinado fueron apartadas de la actividad y del ajetreo lingüísticos y, como hemos dicho anteriormente, se han mantenido guardadas en los cajones imaginarios de nuestra lengua, apaciblemente dormidas, hasta que un día son despertadas y reincorporadas al trajín incansable y caprichoso del idioma.
Eso es lo que le ocurrió a nuestra protagonista de hoy. En el siglo XIII, cuando el castellano comenzaba a afianzarse de la mano de Alfonso X el Sabio, se incorporó del gótico —lengua germánica ya desaparecida— la interjección guay para usarla en contextos que denotaban tristeza, lamento o desesperación, y su uso continuó hasta el siglo XVII. En el capítulo XL de la Segunda Parte del Quijote, la condesa de Trifaldi, en un lamento plañidero, implora al gigante Malambruno para que envíe al gran caballo Clavileño con el fin de que don Quijote y Sancho pongan término al “barbado” encantamiento de la dueña, la cual se lamenta de su suerte exclamando: “¡Guay de nuestra ventura!”. Esta interjección fue muy bien acogida en nuestro idioma, y se puso tan de moda que otras lenguas no dudaron en incorporarla, como fue el caso del portugués o del italiano (Dante la usó con frecuencia). Pero, como casi todo en esta vida, la fama es efímera, y el uso de guay tendió pronto a languidecer y hasta prácticamente desaparecer. Sin embargo, desde hace unos años se ha vuelto a usar este término, sobre todo por los hablantes más jóvenes, pero en contextos semánticamente más alegres, y no sólo como interjección —¡Guay!—, sino también como adjetivo —Es un cantante guay— o como sustantivo —El guay de tu vecino siempre está de botellón—.

Sea o no esta revitalización mérito de los jóvenes y haya sido de manera prevista o casual, el caso es que este acontecimiento no deja de ser una prueba más de que nuestra lengua, hoy más que nunca, palpita con fuerza entre sus algo más de cuatrocientos millones de hablantes.

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