Posteado por: josejuanmorcillo | junio 3, 2011

Agresivos (3-6-11)

Entretener, junto con informar y crear opinión, son las principales funciones sociales de los medios de comunicación. En ocasiones, cuando enciendo el televisor suelo buscar documentales de divulgación científica para intentar no quedarme atrás en los últimos descubrimientos logrados en el campo de la ciencia y de la tecnología. Hace poco, en uno de esos programas se afirmaba que un grupo de investigadores habían demostrado que la inteligencia humana no había avanzado nada desde la Edad de Hierro, y para ilustrarlo pusieron un ejemplo de lo más convincente: si un niño nacido a principios del siglo XXI fuese llevado en un viaje imaginario a través del tiempo hasta la Edad de Hierro, se desarrollaría usando las mismas destrezas lingüísticas y tecnológicas existentes en aquella era; y al contrario: una criatura nacida hace unos cuatro mil años y traída a la época actual podría educarse sin dificultad y llegar a conseguir —de proponérselo— cualquier meta profesional.

Pero si la inteligencia humana no ha avanzado nada en los últimos milenios, qué podríamos decir del comportamiento hacia sus semejantes. En política, en familia, en el trabajo, en la calle, hasta en las aulas se reafirma la teoría darwiniana de que la evolución es un proceso muy lento, de que hacen falta muchos milenios más para que el hombre pierda el cordón umbilical que lo sigue manteniendo unido a sus ancestros menos racionales. Precisamente desde la pantalla del televisor se está poniendo de moda, como si de un deporte nacional y ritual se tratase, la agresión tanto física como verbal. El otro día escuché en las noticias a un trabajador relatar que una compañera, fuera de sí, lo amenazó en la oficina con que le iba a estampar el ordenador en la cabeza; en el Congreso de los Diputados, nuestros representantes, luciendo una chabacanería lingüística impropia de su puesto y de su responsabilidad, empujan a los ciudadanos al desencanto y a la desconfianza; en el ámbito familiar, en fin, no disminuyen, desgraciadamente, los casos de violencia doméstica.

Lo agresivo. Sí. Dice el DRAE que por agresivo se entiende todo hombre o animal —que casi es lo mismo— que tiende a la violencia, o por aquel que ofende, falta al respeto y provoca a los demás. Pero junto con esta definición se nos ha colado en nuestro idioma un anglicismo semántico que no es bienvenido: en inglés, el adjetivo aggressive se suele emplear para definir a una persona dinámica, emprendedora o enérgica en un ámbito determinado, como puede ser su trabajo; en cambio, en español, el vocablo agresivo solo se usa con el significado que hemos señalado anteriormente, registrado en el diccionario académico, y nunca en contextos semánticamente positivos. Por esta razón, puede causar espanto leer los anuncios de varias empresas —algunas, incluso, de reconocido prestigio— que necesitan incorporar “vendedores agresivos”, o bien de otras que hacen gala y ostentación de tener entre sus filas a los mejores “ejecutivos agresivos”. ¿Se imaginan a uno de estos trabajadores obligándonos, bajo amenaza física y extorsión, a que invirtamos en sus productos? Después de cómo va el carro de la economía, esto era lo que nos faltaba.

Dejémonos, pues, de agresividades y violencias, y ocupémonos en transformar los mamporrazos léxicos y físicos en delicadas caricias y educados comentarios.

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