Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 13, 2011

Lisonjero y adulador (13-5-11)

He vuelto a ver el cuadro de Francesco del Cossa titulado Triunfo de Venus. Acercarse de nuevo a un cuadro es como releer un libro que te fascina: salen a tu encuentro emociones que tenías olvidadas y te invaden interpretaciones nuevas. En el lienzo, Venus, que simboliza la primavera, la sensualidad y el amor, está sentada en su trono tirado por dos cisnes; a sus pies, Marte, dios de la guerra, está de rodillas y encadenado al trono como gesto de sumisión: es la época del amor y de la paz. A ambos lados de estos personajes, Francesco del Cossa incluye escenas de cortejo amoroso en las que se ve a jóvenes adulándose y agasajándose entre galanterías, arrumacos y algún que otro ejercicio erótico subido de tono.

Estas escenas son una muestra clara de que los requiebros, halagos y adulaciones son más propias de los países latinos y mediterráneos que de otros más septentrionales, fríos y oscuros. Se ha llegado a asegurar, y no sin razón, que el piropear es un arte, pero un arte fino y delicado, tanto que la línea que separa un piropo adecuado y elegante de una grosería es muy fina. A todos nos gusta que nos agasajen con palabras que inflaman nuestra vanidad, y muchos se quejan de que se ha perdido el estilo y la galantería, y no esconden su cansancio por los exabruptos obscenos que tienen que soportar en el trabajo o en la calle. Recuerdo a una tía abuela comentar que a una mujer siempre le gusta que la adulen y piropeen con elegancia y buen gusto, “pero eso era antes, cuando los caballeros se descubrían ante una dama y le lanzaban piropos hasta enrojecerla”. Precisamente de ahí viene lo de piropo, porque, al escucharlo, la mujer sonrojaba como el color rojo intenso de esta piedra fina, el piropo, que es una variedad del granate. “Ahora hasta las mujeres piropean a los hombres. ¡A dónde hemos llegado!”, decía malhumorada y algo apolillada por el desasosiego.

Seguro que se habría puesto de los nervios si hubiese llegado a oír hace unos años a Naomi Campbell lisonjear al que entonces era su queridísimo fiancé, el presidente venezolano Hugo Chávez. En un ataque de arrebato pasional —de sobra son conocidas sus llamaradas incontroladas de celos— aseguró a la prensa que su Huguito “no era en absoluto un gorila, sino un toro”. Qué intensidad de verbo, qué arrebato tan sutilmente revelado; estoy convencido de que un piropazo como este le habrá causado al venezolano un hondo rejoneo, un puyazo certero y definitivo de esos que le hacen a uno crecerse en el castigo.

De púas y malas intenciones saben también mucho las alabanzas. Pedro Simón Abril, del que ya hablaremos en otra ocasión, alertaba del peligro de los aduladores en la traducción que hizo en 1577 de la Ética de Aristóteles marcando la diferencia existente entre los amigos y los lisonjeros: “El amigo conversa encaminando su conversación a lo bueno, y el lisonjero a lo deleitable, y, así, lo del lisonjero es vituperado y lo del amigo es alabado”. Los lisonjeros –apuntó Feliciano de Silva en su Segunda Celestina– “con la lombriz encubren el ançuelo, engañando el gusto hasta que tiran por el sedal y sacan la presa”.

Sin duda: el adulador persigue obtener un beneficio propio ensartando en su anzuelo una lombriz muy apetitosa. Tarde o temprano siempre cae la presa. El halago debilita, y así, cuando las defensas están bajas, el adulador no tarda en arremeter y derribar. Ya lo dijo nuestro don Miguel: “Mucho puede la alabanza en lengua de lisonjero”. Amén.

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