Posteado por: josejuanmorcillo | mayo 6, 2011

Basiliscos (6-5-11)

Los cuatro últimos enfrentamientos futbolísticos entre los dos mejores equipos del mundo, Barça y Real Madrid, han transformado nuestras calles, nuestros ámbitos profesionales y de ocio e incluso nuestras casas en terrenos de discordia y de acaloramiento verbal. Con el gesto contrariado y hostil veo a compañeros de trabajo, a familiares y a transeúntes en general actuar como verdaderos basiliscos, hablando en voz alta y con los ojos enardecidos y delirantes mientras defienden a unos futbolistas e insultan a otros. La causa y la culpa de este arrebato general están en las declaraciones de los entrenadores de ambos equipos a los medios de comunicación y, sobre todo, en la actitud violenta y antideportiva que han demostrado algunos jugadores de ambos equipos en el campo.

Los he definido como basiliscos y quizás no haya exagerado mucho. En la Antigüedad, los romanos introdujeron en Europa una leyenda de origen oriental según la cual existía un ser que nacía de un huevo de serpiente fecundado por un sapo. Su cuerpo era pequeño y negro, salpicado de manchas blancas, y terminaba en una cola larga y delgada; lo más siniestro era su cabeza: fina y coronada con tres puntas o cuernos, de la que destacaban dos ojos encendidos en sangre que, al igual que sucedía con las Gorgonas de la mitología clásica, podían matar a un hombre con solo mirarlo. Era tal su ferocidad que su silbido ahuyentaba al resto de las serpientes, lo que convertía a esta criatura en la reina de los ofidios, y de ahí su nombre, basilisco, del griego basiliskos, que quiere decir `reyezuelo, rey de poca entidad´.

Por estas razones, existe en español la frase coloquial ponerse como un basilisco o estar hecho un basilisco para referirse a una persona muy airada y violenta. Una de las primeras documentaciones en las que aparece este uso es en el Quijote, concretamente en el capítulo XIV de la Primera Parte, cuando interviene Marcela para reivindicar que está libre de culpa de la muerte de Grisóstomo, que falleció al no ser correspondido este por el amor de ella. En su alegato ante don Quijote y Ambrosio, ella declara: “Tengo libre condición, y no gusto de sujetarme”; esto es, que su condición de mujer la hace libre y no la obliga a amar a alguien. Y si esta actitud le originase insultos y críticas, a ella no le importaría: “El que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala”. Es este uno de los primeros casos en nuestra literatura en que encontramos a una mujer que ha decidido actuar al margen de las normas sociales establecidas y que deambula libre de la dominación masculina, a pesar de que esta independencia y soledad le supongan, dentro de la sociedad de aquella época, tales insultos y descalificaciones.

Hace unos días, en un programa de televisión, un padre recriminaba a su hijo sus ataques de violencia verbal por motivos futbolísticos y afirmó que su criaturita “se ponía como un obelisco”. Al oír aquello, fui yo el que se quedó como tal: de piedra, sí, y de una pieza. Lo peor del asunto es que se suele escuchar con frecuencia este desatino, incorrecto por incoherente y absurdo. Lo que podría justificar tamaño dislate es la semejanza fónica entre basilisco y obelisco, y también, probablemente, el patinazo cultural del hablante.

No recuerdo muy bien el nombre del señor que intervino en aquel programa televisivo, pero estoy seguro de que, si la Marcela cervantina lo hubiese escuchado, se habría espantado y luego —quién sabe— se habría tapado los ojos. Por si acaso.

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