Posteado por: josejuanmorcillo | abril 8, 2011

Bribones (8-4-11)

En la España de los Austrias, en aquella España de los siglos XVI y XVII, el número de vagabundos y pordioseros (llamados así porque solían decir Por Dios cuando mendigaban y pedían limosna) era tan elevado —debido a la carestía y al hambre— que los monarcas decidieron quitarse de encima este problema aprobando una ley sobre mendicidad según la cual el pueblo estaba obligado a darles limosna cuando la pidiesen, de tal manera que, en el caso de que un pobre acudiese a casa de un ciudadano, este debía facilitarle ropa y alimento si aquel lo necesitaba y lo reclamaba. Con esta medida, los reyes no perdían nada, mientras que el pueblo llano, que ya padecía la tremenda crisis económica, comenzaba a sufrir una carga social excesivamente pesada y asfixiante al tener que alimentar de unos bolsillos casi famélicos tantas bocas hambrientas.

Los mendigos y pobres eran tantos que entre ellos la competencia se iba haciendo cada vez más dura. Pronto se “institucionalizó” el noble arte de la picaresca, y quien lo asimilaba soñaba con ser el más espabilado, agudo y despierto para así alcanzar más caridades, limosnas y manutenciones. Las calles principales de las ciudades, las puertas de las iglesias y las plazas principales aparecían atestadas de tullidos y discapacitados, muchos de ellos falsos, que exhibían sus minusvalías para provocar la lástima entre las gentes del lugar. Y no escatimaban medios para conseguirlo; entre ellos destacaba la habilidad para convencer por medio de la palabra, para engañar con buenas palabras fingiendo pobreza, miseria, discapacidad o hambre para conseguir limosna. A este arte o modo de actuar con bellos y persuasivos discursos se le conocía como bribia, término que no es otra cosa sino una deformación vulgar de Biblia, porque este libro, además de su alcance teológico, religioso y existencial, era considerado un modelo lingüístico, retórico y de sabiduría. Y adquirió esta práctica tanta fama y renombre, que traspasó nuestras fronteras: el inglés adoptó el término bribe con el significado de `soborno´, palabra que también aparece en francés y en otras lenguas europeas.

Así, en el Guzmán de Alfarache, de 1599, Mateo Alemán alude a mendigos, llagados, ciegos rezadores, expresidiarios, soldados y marineros arruinados, músicos y poetas empobrecidos y vagabundos, y de ellos dice que “aunque todos convienen en la mendiguez, la bribia y labia son diferentes”.

A los que conocían y practicaban el arte de la bribia se les llamaba bribiones, palabra que más tarde derivó en bribones. En el magnífico auto sacramental de Calderón de la Barca, El gran teatro del mundo, el labrador le espeta al pobre: “No os andéis hecho bribón: y si os falta qué comer, tomad aqueste azadón con que lo podéis ganar”.

La historia se repite incansablemente desde hace siglos, y, aun en la España de principios del siglo XXI, lo que se lleva por muchos, movidos por la necesidad a la que quedan abocados por la crisis y la carestía generalizadas, es el latrocinio, la bellaquería y la bribonería, el dinero fácil y el engaño.

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