Posteado por: josejuanmorcillo | abril 1, 2011

Ropa robada (1-4-11)

Se acaba de hacer público que la tasa de criminalidad en España ha descendido un 1,8% en 2010 y se ha situado en el índice más bajo de los últimos diez años. A pesar de lo esperanzador de este dato, que sitúa a España entre los países más seguros de la Unión Europea, las cifras ofrecidas por la Guardia Civil y la Policía Nacional son demoledoras: entre delitos y faltas se registraron 1.745.313 casos, lo que significa que a lo largo del año pasado se cometieron en España de tres a cuatro delitos cada minuto. Si bien descendió la tasa de homicidios y asesinatos, y disminuyeron los delitos contra el patrimonio, el mayor porcentaje de faltas, un 73% de toda la criminalidad consignada, fueron de lesiones y hurtos.

Sea como fuere, lo cierto es que últimamente desayunamos con las noticias de casos cada vez más frecuentes de violencia doméstica; con las imágenes grabadas por cámaras de seguridad en las que se ve a gente de apariencia muy normal, que posiblemente se dirige a su trabajo o vuelve a su casa, que echa gasolina a su vehículo, se monta en él y se marcha sin pagar; almorzamos con la información de la desarticulación de una banda dedicada a desvalijar las mercancías de los camiones, robos realizados, en ocasiones, desde un coche en marcha, o con la de un politicastro de turno que se ha llenado los bolsillos por tráfico de influencias o por desvío ilegal de fondos; escuchamos casi a diario cómo ha caído una organización criminal especializada en el robo de cobre y acero, o de otra que se lucraba con la explotación sexual de mujeres introducidas ilegalmente en España; o cenamos con las imágenes de la detención de una red de pederastas o con las declaraciones de padres desesperados cuyos hijos han sido engañados y secuestrados.

España, históricamente, ha funcionado como escuela de lo que Antonio Machado expresó en su poema El mañana efímero como “al estilo de España especialista / en el vicio al alcance de la mano”; pero también, no lo olvidemos, nuestro país ha sido víctima del pillaje. Las tropas napoleónicas profanaron las tumbas de los reyes hispanos, saquearon las iglesias y conventos y se llevaron joyas bibliográficas y todo lo que tuviera oro, plata y piedras preciosas; incluso intentaron meter en Francia, durante su retirada por el norte de España, los cuadros más importantes que constituían nuestra pinacoteca. Otros que han pasado a la historia como un pueblo de saqueadores fueron los suevos. Cuando entraron en la Península a finales del s. IV y principios del V se les unieron las bandas de ladrones que deambulaban anárquicamente por el territorio hispano; los saqueos fueron tan habituales y violentos, que mucha gente se vio forzada a refugiarse en el sur de Francia. Ulfilas, obispo cristiano de origen godo, escribió: “Los pobres son saqueados, las viudas guardan luto, los huérfanos son pisoteados impunemente hasta el punto de que muchos huyen al enemigo buscando, según supongo, humanidad romana en los bárbaros”. Con la llegada de los visigodos, este caos desapareció; en su lengua, el verbo raubon se usaba para expresar la acción de robar con violencia, y este pasó al latín vulgar bajo la forma de raubare, y de aquí al castellano como robar. Al botín lo llamaban raupa, término que llegó a nuestra lengua como ropa. Curioso este parentesco léxico, quién lo iba a decir; pero no cabe duda de que la relación entre ropa y robar es muy conocida por los amigos de lo ajeno.

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