Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 25, 2011

Un cadáver inédito (25-3-11)

Si alguien, de manera accidental o voluntariamente, se acerca a los pies de la tumba de Isaac Newton, en la abadía de Westminster, comprobará que en ella se halla inscrito un largo epitafio escrito en latín —lengua de cultura y de la ciencia hasta hace algo más de un siglo—, en uno de cuyos fragmentos, traducido, se lee: “Dad las gracias, mortales, al que ha existido así, y tan grandemente, como adorno de la raza humana”. Más emotivo, sin embargo, me parece el que le dedicó Alexander Pope: “La Naturaleza y sus leyes estaban ocultas en la noche. Y dijo Dios: ¡Que sea Newton! Y todo fue Luz”.

Newton significó para el avance de la ciencia y de la cultura de la humanidad en el siglo XVII lo que Gutenberg a mediados del siglo XV con la implantación de la imprenta. Hasta la llegada del alemán, los ejemplares que podían circular de un solo libro eran realmente escasos ya que había que copiarlos a mano, y esto acarreaba que la cultura se extendiese en Europa despacio, tarde y tan solo a una pequeña élite de afortunados. La aparición de la imprenta supuso, por tanto, no solo que circularan varios centenares de copias de una misma obra en un muy poco tiempo, sino que cualquiera podía adquirirlas a un precio más o menos asequible, con lo que se logró que los libros —la cultura— llegaran por vez primera más allá de los monasterios, conventos y palacios.

La primera imprenta en nuestro país que arrojó letras de molde inmortalizadas con tinta sobre una base de papel se instaló en Valencia, en 1470. Los llamados incunables (del latín incunabula `pañales´) son los libros impresos desde la aparición de la imprenta hasta el 31 de diciembre de 1500. Si, en España, la imprenta comenzó a funcionar en el último tercio del siglo XV, no es de extrañar que la primera documentación escrita que tengamos en español de la palabra inédito sea de 1524, concretamente en una carta de Hernán Cortés. Si acudimos a nuestros diccionarios, se nos define inédito como aquello que no ha sido publicado o editado, independientemente del formato (papel, digital, vinilo, una foto, etc.), y se puede aplicar este término a una obra o a un autor (un escritor inédito es aquel que, a pesar de escribir, no ha llegado a publicar nada); incluso se puede admitir para inédito la acepción de algo `desconocido o no descubierto hasta el momento´ (el origen de ciertas enfermedades sigue siendo hoy en día algo inédito para la ciencia). De ahí la incredulidad que produce escuchar que, durante un partido, “el marcador ha permanecido *inédito”, en lugar de inalterado; o que, a lo largo de una representación teatral, un actor “ha pasado *inédito”, por inadvertido; o, en fin, que, alabando el triunfo de un opositor, se diga que el haber aprobado con una nota alta “es algo *inédito”, en lugar de asombroso, magnífico… o milagroso, según se mire.

Y ya que comenzamos con un epitafio, terminemos con otro. Se cuenta que un joven romano, al enterrar a su enamorada, mandó inscribir sobre la lápida la leyenda: CARO DATA VERMIBUS (`Carne dada a los gusanos´) dando a entender con ello que lo enterrado no era más que carne. La erosión y los años borraron las últimas letras de cada palabra, y solo quedaron visibles CA DA VER, de ahí el posible origen del término cadáver. A veces, misteriosamente, el azar y el ingenio también enriquecen una lengua.

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