Posteado por: josejuanmorcillo | marzo 18, 2011

El coto y el sintagma (18-3-11)

A usted, amable lector, seguro que alguna vez le habrá sucedido fijar la mirada en ese objeto que un pariente o amigo suyo le regaló casi por compromiso y que no le quedó más remedio que incorporar al decorado de su salón, oficina o vehículo, y que ha ido sobreviviendo a lo largo de los meses, casi de manera parasitaria, hasta que finalmente decidió —a hurtadillas, desde luego— dar con sus restos en el cubo de la basura. Quizás, quién sabe, hizo con ese objeto lo que Gómez de la Serna practicaba cuando impartía sus famosas conferencias-maleta; sacaba de ella unos cuantos bibelots y los destrozaba con un martillo. Yo nunca he llegado a estos extremos destructivos, pero me confieso reincidente y sin posibilidad de curación en el cruel y premeditado acto de mandar a la papelera de reciclado estas insufribles e inútiles bagatelas.

Pues bien, algo parecido es lo que nos acontece con algunas palabras o expresiones de cuyo erróneo uso no nos percatamos hasta que un día fijamos en ellas nuestra sesera y las leemos cabal y serenamente, y decidimos corregirlas o reciclarlas.

Y para muestra, un botón. Como sabemos, el Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha acaba de prohibir la media veda de caza por considerarla una actividad insostenible que pone en peligro el equilibrio de algunas especies, y numerosas escopetas que viajan por las carreteras de nuestra geografía para patear sus amilanados cotos y llenar de piezas sus famélicos morrales se han manifestado en contra de este fallo. En estos días me acuerdo mucho de ellos, sí, de los cazadores, cuando veo grabada en tantos carteles la frase Coto privado de caza. Verán por qué. Si leemos detenidamente el mensaje, la información que nos transmite no es otra que la de un coto que está privado de caza, es decir, que es un coto sin caza, por lo que se debería decir Coto de caza privado, esto es, que el coto de caza en cuestión es particular, de propiedad privada. No es que Coto privado de caza esté mal escrito; es que expresa algo totalmente distinto de lo que quiere anunciar. Si dentro del sintagma coto de caza incluimos algún otro término, nos puede llevar a una distorsión de su significado. Fíjense, si no, en que no es lo mismo una caja de sorpresas forrada que una caja forrada de sorpresas. O, si quieren, es como si, en lugar de parada de autobuses recién pintada, dijéramos parada recién pintada de autobuses; o traje cosido de luces —que en carnaval habría quedado estupendo— en lugar de traje de luces cosido; o, en fin, mando estropeado a distancia —que ya es difícil— en lugar de mando a distancia estropeado. No se extrañarán de que dedique un emotivo recuerdo a los cazadores, que, desde luego, tienen la moral muy alta, y lo digo por lo de ir a cazar a cotos donde no hay caza y aguantar un frío de justicia. Quizás ahora entienda yo eso de que los cazadores mienten más que cazan.

Para muchos, el título de nuestro artículo parecerá el de una fábula de Iriarte, pero convendrán conmigo en que lo que de verdad resulta fabuloso es la imaginación de algunos. No estaría de más escribir al Ministerio para que de una vez subsane tamaño disparate ahora que tan disciplinadamente han cambiado la señales de limitación de velocidad de nuestras autovías y autopistas.

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