Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 25, 2011

El pueblo linchado (25-2-11)

Estas últimas semanas, el mundo está siendo testigo de las sublevaciones populares en defensa de la libertad y en contra de los regímenes autoritarios y opresores en algunos países norteafricanos. La revuelta estalló y fructificó en Túnez, la onda expansiva llegó a Egipto y ahora la mecha prende en Libia y en otros países musulmanes. Mubarak y Ben Ali, los expresidentes de Egipto y Túnez respectivamente, están ahora agonizantes y en coma en el exilio, como si fuesen presos y víctimas de un virus idéntico originado del latrocinio, del nepotismo y del desprecio a los derechos fundamentales del hombre. A diferencia de estos dos países, las revueltas en Bahréin y, sobre todo, en Libia se están pagando con sangre; día a día crece el número de muertos y, aunque es difícil saber con precisión su cifra, se calcula que son ya miles.

En la antigua Roma se usaba un término para referirse al hecho de expulsar a alguien de un sitio de manera ruidosa, mediante abucheos o cualquier otra desaprobación estridente, pero siempre sin usar ningún tipo de violencia física y lesiva. Era el sustantivo explosio, del que tenemos hoy en día el cultismo explosión, y su carga semántica se explica porque el término provenía del verbo explodere (< plaudere `golpear, aplaudir´), que se empleaba en contextos en los que se empujaba o golpeaba algo para sacarlo de un sitio. Si tenemos esto en cuenta, podemos afirmar sin rodeos que la revolución triunfante en Egipto y en Túnez ha sido consecuencia de la explosión alegre, firme y decidida de un pueblo dispuesto a sacrificar su vida para defender la libertad y el respeto humanos.

Sin embargo, lo que está sufriendo el pueblo libio es muy distinto. No solo no están triunfando, sino que además están siendo brutalmente linchados por Gadafi, un psicópata que dispara a la población desarmada y que bombardea desde el aire barrios de civiles llevándose por delante a insurgentes, a ancianos, a mujeres y a niños. Bonita manera de demostrar su amor y sacrificio a un pueblo que no va a rendirse en sus reivindicaciones pacíficas de cambio. Este fantoche me recuerda mucho al señor William Lynch, un norteamericano que, durante la guerra de independencia de la corona británica, luchó con el grado de capitán y cuya fama la ganó no como militar, sino por ser el autor de un documento que defendía un castigo singular a los delincuentes que deambulaban caóticamente en el nuevo país durante los años en que aún no se había instaurado la justicia norteamericana una vez que se hubo retirado la británica. Este castigo no era otro que el de infligir a los malhechores los castigos corporales que cada uno juzgase proporcional al delito cometido. Esta práctica de ser juez y verdugo del autor de la agresión que uno había sufrido se popularizó tanto que siguió practicándose en EE. UU. muchos años después de consolidarse la justicia norteamericana, principalmente por racistas blancos, y de ello y de su creador nos ha quedado en español el verbo linchar. Por eso, he afirmado antes que Gadafi y Lynch tienen mucho en común: el tomarse la justicia por su mano infligiendo castigos desproporcionados, la práctica del asesinato indiscriminado sin importarles que fueran acusados de genocidas y, por supuesto, el menosprecio de los derechos humanos más fundamentales. Todo esto y una cosa más: que ninguno de los dos conoce las más bellas galerías del alma humana.

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Responses

  1. Hola José Juan, como siempre muy interesante tu artículo relacionado la situación en el mundo musulmán con el origen de algunos términos: “linchamiento” y “explosión”. Nos hubiera gustado leer: “ser humano” o “personas”, en vez de: “derechos fundamentales del hombre”, para que las mujeres y los hombres que leemos con perspectiva feminista (igualdad mujer/hombre) nos sintamos plenamente identificados. Es nuestra modesta opinión que esperamos no te moleste, no es nuestra intención.
    Enhorabuena, un abrazo.


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