Posteado por: josejuanmorcillo | febrero 4, 2011

Batiscafo (4-2-11)

Recuerdo que, hace unos pocos años, el mundo se estremeció cuando se informó de que unos soldados rusos estaban atrapados en el fondo del mar al liarse las hélices de su batiscafo en unas redes de pesca. No tenían salida: la presión a la que estaba sometida la embarcación a esas profundidades y el oxígeno limitado que quedaba los condenaba a una muerte segura. Afortunadamente fueron salvados a tiempo, y los medios de comunicación, que no dejaron de informar de lo que sucedía minuto a minuto —a pesar de la censura a la que se vieron sometidos por parte del Gobierno ruso—, los convirtieron en héroes mediáticos. Afortunadamente, no hicieron con ellos lo mismo que les está ocurriendo a los “33 de Atacama”, los famosos mineros chilenos rescatados del pozo de S. José; van a rodar una película porno cuya protagonista baja a las profundidades de una mina para consolar a un puñado de hombres fogosos e incontinentes por semanas de aislamiento. Insólita manera de alcanzar la inmortalidad periodística.

Como ya sabemos, un batiscafo es una especie de minisubmarino capaz de resistir grandes presiones y, por ello, destinado a explorar los fondos marinos. No obstante, lo que resulta curioso de este artilugio es que, aunque este avance de la tecnología naval fue inventado hace unas décadas, la idea no es nueva ya que aparece en una de las obras más importantes de nuestra literatura medieval: el Libro de Alexandre, del siglo XIII. En él se narra la vida de Alejandro Magno, al que el autor ensalza como “tesoro de proeza, arca de sapiençia, exemplo de nobleza” (estrofa 1557). Pues bien, hacia el final de la obra se lee que el ansia de conocimiento del rey macedonio le lleva a construir una caja de cristal sumergible “por saber qué fazién los pescados” (estr. 2306). Se podría afirmar, por tanto, que el autor anónimo del Libro de Alexandre, con altas dosis de fantasía e imaginación, se convirtió involuntariamente en el inventor del primer batiscafo de la humanidad.

Batiscafo está formado por dos palabras de origen griego: bací (`profundo´) y escafos (`barco´), para aludir a que es una embarcación que llega a lo más profundo del mar. Si bien el término lo hemos importado directamente del francés (bathyscaphe), la primera documentación escrita que tenemos de él en español es del año 1981, en la novela Lo que es del César, de Juan Pedro Aparicio, lo que nos señala la modernidad del invento.

Relacionado con el campo semántico submarino encontramos otro término, escafandra (`Traje de buzo y casco con orificios y tubos para renovar el aire´), creado también no hace muchos años uniendo dos palabras de origen griego: escafe (`esquife, barco pequeño que hay en los navíos para bajar a tierra u otros usos´) y andrós (`hombre, varón´). Este compuesto se documenta por primera vez en español a principios del siglo XX, en 1912, en una obra de ingeniería naval titulada Los modernos barcos submarinos al alcance de todos, cuyo autor es Enrique de Montero y Torres.

Finalmente, y por sorprendente que parezca, sabemos que uno de los huesos de nuestras manos y pies se llama precisamente escafoides, también formada con la misma palabra (escafe, `esquife, bote´) más otra griega: eidós (`aspecto´). Lo cierto es que el huesecito más que un bote parece una carabela. A veces, las comparaciones, en lugar de odiosas, son extrañas. O, si no, que se lo digan a los desconcertados mineros chilenos.

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