Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 31, 2010

Supersticiosos (31-12-10)

Corría el año 999 y en casi toda Europa se respiraba el terror porque se pensaba que, al llegar la noche del 31 de diciembre, el mundo iba a desaparecer. Basándose en extraños sortilegios, en enrevesadas profecías y en estúpidas supersticiones, se extendió por casi todo el viejo continente la certeza de que Dios castigaría a un mundo que durante mil años lo había abandonado. Unos meses antes, Gerberto de Aurillac había sido nombrado papa con el nombre de Silvestre II; sus contemporáneos lo describieron como una persona muy sabia, al extremo de que lo consideraban casi un mago. De sus visitas a Barcelona y Córdoba, conoció e introdujo en toda Europa el sistema decimal y el astrolabio, ambos de origen árabe. El papa Juan Pablo II dijo de él: “La amplitud de sus conocimientos, sus cualidades pedagógicas, su erudición sin par, su rectitud moral y su sentido espiritual lo convirtieron en un auténtico maestro. Los emperadores y los papas recurrieron a él. Gerberto, humanista sabio y filósofo erudito, verdadero promotor de la cultura, puso su inteligencia al servicio del hombre. […]. Todo le interesaba; si ignoraba, aprendía; si sabía, transmitía”. Algo de razón llevarán estas palabras ya que consiguió calmar con sus palabras, leídas desde los púlpitos de media Europa, a toda aquella caterva de fieles asustadizos, y evitó, así, el caos y los suicidios en masa. La Iglesia, en recuerdo de aquello, fijó para el último día del año la festividad de san Silvestre.

Nos recuerda el Diccionario del español actual que una superstición es una “creencia irracional según la cual determinados hechos o circunstancias llevan consigo automáticamente consecuencias gratas o nefastas”. Y podríamos añadir que estas creencias están sujetas a una tradición o, a veces, pertenecen a la idiosincrasia de un pueblo o cultura; de hecho, el propio término, que proviene del latín superstitio, significa `lo que sobrevive´, `lo que permanece´.

Las supersticiones, a las que son tan devotos un buen número de españolitos, se hacen evidentes en días tan señalados como el de hoy, en Nochevieja. No es que se piense que el mundo va a desaparecer, aunque algunos creyeron la profecía de Paco Rabanne, en 1999, de que, coincidiendo con un eclipse solar, la estación espacial Mir caería sobre los parisinos; pero sí los hay que sostienen que es preciso llevar alguna prenda íntima de color rojo para tener buena suerte durante el año entrante, o que al brindar hay que introducir algo de oro en la copa y así asegurarnos un año de prosperidad económica. Lo de las uvas es caso aparte; hay que comérselas todas —seis blancas y seis negras— y siguiendo la cadencia de las campanadas para apartar el mal fario de nuestras vidas. Pero pocos saben que esta costumbre nació en 1909: en aquel año hubo una excelente cosecha para los vinateros de Alicante, y, ante el excedente de uva que permanecía almacenada y para sacarle un rendimiento económico, decidieron inventar la superchería de que consumir doce uvas daría buena suerte para el nuevo año. Vaciaron los lagares, se llenaron los bolsillos e hicieron creer a todos en una mandanga que, al menos, nos hace pasar un buen rato.

Incluso todavía quedan los que mantienen la tradición de los antiguos romanos de recibir el nuevo año apoyado sobre el pie izquierdo para entrar en el siguiente con buen pie —el derecho—. Alguna vez me he imaginado al sabio y humanista Silvestre II recibir así el año 1000.

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