Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 24, 2010

Pisos patera (24-12-10)

Las imágenes que un canal de televisión emitió hace poco ilustraban una realidad inmobiliaria y social muy frecuente en la España del último decenio: pisos que permanecen vacíos principalmente a causa de la especulación, y otros que, habitados en su mayoría por inmigrantes, acogen a un número de inquilinos tan desmesurado que hace casi imposible la habitabilidad y la higiene. O vacíos y fríos, o desbordados y pestilentes. Para erradicar este desequilibrio, algunas Comunidades han puesto en marcha una ley por la que se obliga a los dueños de estas viviendas cerradas a ponerlas en alquiler, y, en caso de no acatarla, sería la propia Comunidad Autónoma la que se encargaría de esta gestión.

Esas imágenes fueron emitidas en hora de máxima audiencia para llegar a un mayor número de espectadores y para lograr una impresión más impactante al coincidir, precisamente, con la comida y la cena; esas imágenes mostraban las condiciones inhumanas en las que doce personas tenían que sobrevivir en un apartamento de cuarenta metros cuadrados; esas imágenes, en fin, no dejaban dudas de que estamos creando, voluntaria o involuntariamente, y por la actual crisis económica, un nuevo grupo social, los ciudadanos de tercera clase, que se ven abocados a una vida que en muchos casos se codea con la esclavitud.

El periodista describió muy acertadamente a este tipo de casa como piso patera. Conocíamos la existencia de pisos piloto, de pisos francos o, incluso, de pisos oficina, que es una de las últimas modas; ahora, la nueva realidad son estas viviendas que, como pateras en el dique seco, se pudren encalladas en medio de las urbes, como misteriosos buques fantasma en cuyo interior laten la desesperación y el olvido.

Por desgracia, también hay otras viviendas corroídas por el desamparo y la desidia; son aquellas en las que malviven personas mayores cuyos familiares ignominiosa y fríamente los han abandonado para acelerar su decrepitud y muerte, o por ancianos que sufren el síndrome de Diógenes, enfermedad que les lleva a acumular tanta basura y desperdicios que provoca que en poco tiempo los insectos y roedores invadan la casa. Aún no se ha inventado un término para designarlas, pero no habrá que esperar mucho; quizás la imaginación lleve a los comunicadores a acuñar “piso basura” o “piso Diógenes”, o cualquier otro que vaya por el mismo derrotero.

En el Nueva York de la década de los 50, y debido al exorbitante precio del suelo, se puso en práctica la costumbre de comprar viejos y cochambrosos garajes y almacenes en desuso para habilitarlos como vivienda; al principio fueron adquiridos por estudiantes y artistas bohemios, pero luego la moda elevó a estos inmuebles al rango de pisos de alto nivel de tal manera que ser dueño hoy en día de un loft, que es su nombre actual, es signo de prestigio y de elevada posición social. Son amplios, muy luminosos, minimalistas y funcionales en la decoración, y con magníficas vistas. El anglicismo ha entrado con fuerza y no tardará en asentarse en nuestro léxico; hasta que llegue ese momento, hay quien se ha aventurado a llamarlos pisos yate. Es fácil de entender: los hay que pueden viajar en primera clase.

Hoy, a los que malviven por falta de recursos económicos, a los que se sienten abandonados por la indiferencia cruel de sus familiares y a los que no han podido salir a flote entre toneladas de basura y olvido van dedicadas estas líneas.

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