Posteado por: josejuanmorcillo | diciembre 17, 2010

Setas con jeta (17-12-10)

Estos días son los últimos para celebrar las tradicionales comidas de empresa. A veces se juntan varios compromisos —con los compañeros de antaño y con los de hogaño—, y a uno no le queda otra alternativa que escoger por el bien del bolsillo y por el cuidado del estómago. Este año me he quedado sin cena porque el dueño del restaurante en el que nos íbamos a juntar los amigos casi fallece al entrar en un pozo mura para rescatar a su perro.

Él ha tenido mucha suerte porque viene ya siendo trágicamente habitual la noticia de personas que mueren al introducirse en una fosa séptica para limpiarla o para recuperar algún objeto o cuerpo. Estas fosas, que son auténticas trampas mortales si uno no va protegido adecuadamente, son las que de siempre se han conocido como pozos negros, es decir, aquellos a los que van a parar los desechos de una pequeña comunidad. Como han comprobado en mis palabras escritas más arriba, movido quizás por el deseo de hacer patria chica, me he inclinado por el empleo de pozo mura, porque mura es un acortamiento o apócope de la palabra muradal, que luego derivó a la actual muladar, que es el lugar donde desembocan el estiércol y detritos de las casas.

Sin embargo, lejos de pozos negros y de pozos mura, ahora se prefiere decir fosa séptica, que, a pesar de que es más frío, no deja de ser un cultismo: fosa, del latín fossa, que significa lo mismo, `hoyo, agujero, excavación´; y séptica, del griego septikós, que quiere decir `lo que produce putrefacción´. Con esta última raíz tenemos en español algunos casos como aséptico, que, dicho de un lugar, alude a que está libre de infección, pero que si se refiere a una persona la estamos describiendo como un ser frío y desapasionado; o antiséptico, aplicado a todo método o procedimiento que se usa para prevenir infecciones, como puede ser la esterilización de material médico.

Ahora bien, que no les extrañe si les digo que, parándonos a examinar detenidamente el origen del término séptico, descubrimos, más que un hedor, una especialidad culinaria ya que proviene, quién lo diría, de la palabra seta. Ésta, a su vez, surgió seguramente del término griego septá, que quiere decir `lo que está podrido´, y habría entrado en el castellano durante la Edad Media como un tecnicismo de médicos y botánicos con el significado de `moho´, para después adoptar el de `hongo´ a mediados del siglo XV. Pero este alimento tan selecto y sabroso no deja de sorprendernos, pues de él deriva la palabra jeta, que en algunas partes de Andalucía se usa en lugar de seta. No obstante, sabemos que jeta es también una variante coloquial de la palabra cara; y, si consultamos el DRAE, nos dice, en su primera acepción, que la jeta es una “boca saliente por su configuración o por tener los labios muy abultados”. Generalmente, la jeta es el hocico del cerdo, que a la brasa o en puchero con unas fabes no desmerece nada frente a cualquier especialidad de la nueva cocina. Y con tantas setas y jetas se me ha abierto el apetito tan desesperadamente como se me ha esfumado la alegría de compartir una cena navideña con los compañeros. La dejaremos para Reyes. De cualquier forma, leído lo visto, cuidado con decirle a alguien lo de ¡Vaya jeta!, porque, además de gorrón, le estamos llamando de todo menos bonito —por el tamaño de la boca, se entiende—.

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