Posteado por: josejuanmorcillo | noviembre 19, 2010

Pasmado (19-11-10)

Leí hace unos días acerca de la presentación del último libro de Vargas Llosa, El sueño del celta. El autor comentó que con este libro ha pretendido reivindicar el papel histórico de su protagonista, Roger Casement, pero también denunciar una vez más las funestas consecuencias que acarrea un sistema político basado en la corrupción, en el terror y en el desprecio de la dignidad del ser humano. Como cabía esperar, el acto fue muy ameno e instructivo, tanto que, según palabras del periodista que cubrió la noticia, “el discurso del escritor convulsionó al público de tal manera que lo agradeció con un sentido y prolongado aplauso”. Les confieso que la lectura de estas palabras me empezó a causar una angustia parecida a la que uno siente cuando ve una de esas películas de terror psicológico, porque, claro, una convulsión viene a ser una contracción violenta de los músculos del cuerpo, y además involuntaria. ¿Se imaginan ustedes que, durante la intervención del escritor, todo el auditorio fuese presa de unos incontrolados espasmos musculares acompañados, quizás, de espumajos? Y, luego, a uno se le torna la angustia en perplejidad cuando se imagina al respetable, después de la sesión espasmódica, agradeciéndoselo con una sonora ovación. Yo entiendo cada vez menos ciertas cosas, y, cuando digo que en ocasiones se me ponen los pelos como escarpias, comprenderán que no es para menos.

Lógicamente, el periodista, como se refería a un acontecimiento deleitable para los sentidos, debió usar un verbo con una carga semántica positiva, y así escribir que “el discurso del escritor embelesó / cautivó / sedujo / fascinó al público de tal manera que lo agradeció con un sentido y prolongado aplauso”.

Y ya que estamos con las contracciones y convulsiones, recordemos que la palabra pasmo proviene de la culta spasmus (`espasmo´), y que viene a ser una especie de rigidez en los músculos causada por un enfriamiento, o una ausencia de la razón motivada por una emoción extremada. De ahí que algo pasmoso es lo que causa admiración y asombro, o también una parálisis muscular por una exposición prolongada a un frío extremo. Más posibilidades semánticas hallamos con el término pasmado: un pasmado es aquel que ha sufrido un pasmo, como el actor Silvester Stallone, que de un enfriamiento se le quedó paralizada parte de la cara; o decimos de alguien que “se ha quedado pasmado” cuando algo le ha impresionado extraordinariamente; y también, en ocasiones, un pasmado es una persona de pocas luces, corta y alelada; para este, sin embargo, se suele usar con asiduidad la palabra pasmón, o pasmarote, que es más frecuente.

Mención aparte merece el término pasma, que se popularizó en la época de la Transición española para referirse a la Policía secreta de entonces, y que luego se generalizó a todo el Cuerpo Policial. Este argot pudo aparecer para calificar a los agentes como una tropa de pasmados, o, quizá, porque el pasmo, la paralización del cuerpo, lo sufría el propio perseguido al ver aparecer a la Policía para llevárselo detenido. Según el color de su uniforme, los policías eran al principio los grises; luego, los maderos; y ahora, los pitufos. Parece que el tiempo dulcifica los ánimos y, con ello, los términos.

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