Posteado por: josejuanmorcillo | octubre 29, 2010

Sambenitos (29-10-10)

En esta España que ya no lo es tanto de charanga y pandereta, y sí mucho de la difamación y de la envidia, se sigue poniendo en práctica el innoble arte de ir colocando sambenitos a todo hijo de vecino hacia el que no se procese sentimientos de amor o fraternidad; es más: se sigue practicando el insano y atávico deporte basado en esperar el momento en que una persona resbale o se equivoque para arremeter contra ella a sus espaldas e hincarle el diente. La gente que hace uso de esta violencia está enferma, moral y espiritualmente enferma. Ya lo dijo Unamuno: “La envidia es mil veces peor que el hambre porque es hambre espiritual”.

Esta España europeizada, que se balancea constantemente entre los vaivenes ideológicos del progreso y de la tradición, y que se encuentra entre los países más ricos del planeta —al menos así está escrito en letras de molde—, no recuerda que, en ella, hasta hace apenas ciento cuarenta años, seguía imponiendo la Inquisición sus criterios de intolerancia, exclusión, odio, confrontación y violencia contra una población timorata, atrasada y acallada bajo el peso de los siglos. Era costumbre de esta institución eclesiástica la de ataviar el pecho y la espalda del penitente con un capotillo amarillo en el que se representaba una cruz roja en forma de aspa, que era la insignia de este Tribunal; al término de esta humillante penitencia pública, el reconciliado, tras habérsele retirado tal indumentaria o sambenito, era readmitido por el resto de los fieles. Algunas iglesias solían colgar en sus puertas el nombre y castigo de los penitentes, y a este letrero también se le denominaba sambenito. Hoy en día, este término se aplica para aludir al descrédito o infamia que alguien o algo recibe por una acción determinada.

Y ya que estamos a las puertas no del Cielo sino de la festividad de los Santos, y si me permiten cambiar el tono de la narración, creo que no estaría de más recordar algunos términos y expresiones que usamos hoy en día y que están relacionados con la santidad. Además de los festivos sanfermines y sanjuanadas, y de los esperados sanmartines que les llega a los desconsolados gorrinos, me viene a las mientes —y espero que no se me vaya el santo al cielo— el nombre de algunos insectos que se nombraban en mi pueblo, como la santanica (que proviene de “Santa Ana”) o la santateresa. Allí vivía doña Engracia, que, en un santiamén, y tan pronto como aparecían los primeros fríos, te cocinaba unos buñuelos esponjosos como panes. Su mayor pesar era su hija, demasiado apocada —decía la madre—, y que si no se espabilaba se quedaría para vestir santos. Cierto es que no todo el mundo tiene el santo de cara, pero los hay que es llegar y besar el santo, como le sucedió a Paco, el carnicero, que no era santo de mi devoción —todo hay que decirlo—, y que se encontró con una herencia inesperada y que la guardaba, como en un sanctasanctórum, bajo los ladrillos de su salón.

Aunque no sé a santo de qué les cuento estas historias, sí es cierto que el espacio me obliga a despedirme. Así que, si me lo permiten les mando un dulcificado sanseacabó y que pasen un buen día.

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