Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 20, 2010

Infinitivo chihuahua (20-8-10)

Hoy me he levantado con el espíritu pesaroso. Y creo que la causa viene de estos días estivales, en los que el calor te aplasta el ánimo con la misma firmeza como cuando, por descuido o por asco, se pisa un insecto. El sopor abre ocasionalmente la puerta a la nostalgia, por ello hoy me ha dado por recordar los veranos de mi adolescencia en los que diariamente te bañabas en la piscina, y salías con la pandilla en bici imitando aquella de Verano azul, y merendabas alternativamente en el chalé de tus amigos, y jugabas aquellos pequeños campeonatos de fútbol entre urbanizaciones, y sentías palpitaciones nuevas y desconocidas al besar a esa chica en la intimidad de un refugio y bajo el silencioso manto de las sombras. Luego las comidas con gazpacho y tortilla, y después la siesta, tan necesaria. El día de la semana más completo era para mí el sábado, porque a lo anterior se añadía la película de la sobremesa; el verla suponía casi una liturgia familiar. Nos reuníamos todos frente al televisor, con los ojos cargados de cansancio, esperando que comenzase la “Sesión de tarde”. De todas las que emitían, he de reconocer que me apasionaban las películas del Oeste —entonces no se había popularizado aún con fuerza el anglicismo western—, y eran los indios los personajes que conseguían que no cayera rendido en brazos del sueño. No me importaba que fueran apaches, sioux o chihuahuas, ni que siempre salieran perdiendo, ni que fueran más lentos que el Séptimo de Caballería; todos me fascinaban: su forma de montar a caballo, su valentía a la hora de luchar, su destreza con el arco y hasta su manera de hablar, como cuando decían: “Yo ser Toro Sentado y tú fumar pipa de la paz”.

Pero, en fin, al margen de la nostalgia, tengo que confesar que en estos últimos días se ha adueñado de mí una cierta preocupación, por no decir angustia. Y es que, verán, no sé si es por el calor excesivo o por la morriña de aquellas películas de sobremesa, pero lo cierto es que últimamente veo muchos indios. No con plumas, ni taparrabos, ni con su arco y aljaba colgados del hombro, pero sí los oigo hablar todos los días en los medios de comunicación. Un presentador de las noticias concluía: “Por último, decir…”; un alcalde de una ciudad populosa exclamaba: “En este sentido, comentar…”; un escritor español de fama internacional sentenciaba: “Y, desde este punto de vista, subrayar…”. Los ejemplos son tristemente muy numerosos.

El infinitivo en español debe cumplir una función sintáctica (p. ej.: Ganar es importante, donde ganar hace la función de sujeto) o bien pertenecer a una estructura verbal más compleja (como las perífrasis: Finalmente, he de decir…; Por último, debemos comentar…). En caso contrario, el infinitivo hay que conjugarlo (Por último, diré / diremos…), porque, si no, parecemos indios hablando; es como si yo ahora dijese: “Hoy hacer mucho calor y todos beber mucha agua”. Sólo me faltaría gritar: “¡Jau!”. Con todo, sólo hay un caso en el que el infinitivo puede aparecer correctamente sin conjugar y sin cumplir una función sintáctica, y es cuando se dan instrucciones, como en los prospectos: “Agitar antes de usar”; “Tomar dos cucharadas al día”, etc.

Así pues, dejémonos de historias y de películas y no hagamos más el indio, que ya somos mayorcitos. Y yo, si me lo permiten, voy a refrescarme a ver si me quito el sopor.

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