Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 13, 2010

Pelillos a la mar (13-8-10)

La sensación de frescor de la brisa del mar cuando anochece es un placer muy difícil de igualar. Y más cuando es compartido con buena compañía y amena conversación. Todos los veranos busco un hueco de unos días para disfrutar de ello, de los paseos junto al mar y de asistir al momento en que los pescadores descargan sus capturas para ser subastadas en la lonja. Pero ahora todo esto es recuerdo de unas vacaciones que me han venido estupendamente para recuperar las fuerzas perdidas. En uno de esos paseos le contaba a mi hijo que la imagen que tenemos del mar y de los marineros no siempre ha sido tan placentera ni tan poética. Estos se han caracterizado por ser unos tipos valientes, arrojados, curtidos en decenas de situaciones desesperadas y capaces de sobrevivir en caso de tormentas o hundimiento en alta mar. También le conté que hace unos siglos era costumbre entre algunos viejos lobos de mar llevar el pelo largo y en melena, recogido en una coleta; cuando a principios del siglo XIX, concretamente en 1809, se ordenó a la Marina que todos sus miembros debían cortarse los cabellos por una cuestión de imagen y de presencia, se armó un buen motín porque aquellos que se dejaban crecer el pelo era porque no sabían nadar, y, así, en caso de caer al mar, sus compañeros podían salvarlo agarrándolo por las vedijas. Se debía, por lo tanto, a una razón de supervivencia, no de estética ni tampoco, como es lógico, de hombría. Fue tal el revuelo y el pánico que esa orden levantó entre los marineros, que meses más tarde tuvo que ser revocada. De aquella socorrista costumbre marinera nos ha quedado hoy día la expresión salvarse por los pelos.

Pero no es la única. Si decimos que alguien está en el dique seco es porque no está realizando una actividad u ocupación que en él es habitual. Cuando una persona toca fondo ha llegado a una situación límite, y se hunde sin remedio a no ser que tenga la voluntad suficiente para salir a flote. El derrotero es la dirección que ha de seguirse durante un viaje por mar, y, cuando fulano cambia el tema de una conversación porque no le interesa, se está desviando, está yendo por otro derrotero.

El mar, la mar, parafraseando al poeta gaditano, goza de varias interpretaciones desde los comienzos de nuestra literatura. Desde épocas remotas, cuando se pensaba que la Tierra era plana y que el océano se perdía en inmensas cataratas hacia el universo, es un símbolo de la eternidad, de la infinitud, pero también de la muerte, del acabamiento de la existencia, al igual que un río desemboca junto a las olas. En nuestro país, y quizás a causa de su presencia a lo largo de miles de kilómetros de costa, el mar ha influido constantemente en nuestra idiosincrasia y en nuestro idioma, como hemos visto más arriba. Era costumbre, por ejemplo, que cuando dos personas se reconciliaban se arrancaban mutuamente algunos cabellos y los lanzaban al mar para que las rencillas murieran, desaparecieran con él. De ahí el dicho pelillos a la mar. Y visto así no es un mal ejercicio para poner en práctica, aunque desde aquí, desde tierra adentro, no tengamos salida al mar y nuestra llanura sea como un océano, un inmenso y silencioso remanso de tierra que, como a los místicos castellanos, se nos antoja inabarcable, infinito y eterno.

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