Posteado por: josejuanmorcillo | agosto 6, 2010

Cachondeo, el justo (6-8-10)

Se acaba de publicar hace unos días que, durante el verano, y de entre todos los destinos de playa de nuestro país, Ibiza es especialmente ideal para la fiesta y el cachondeo: allí viajan jóvenes de toda Europa y parte del extranjero para desinhibirse; allí no hay sitio para el estrés ni para la moderación; allí, las únicas limitaciones son las que se marca uno. Quizás esto venga a corroborar que España es el país de la juerga y el cachondeo. Eso sí, un cachondeo sano, con alguna desmesura, pero tampoco con excesos. Algo de cierto habrá en ello cuando, aun en algunas celebraciones religiosas, el fervor y la fiesta son inseparables en nuestra secular —y no sé si algo amojamada— piel de toro. Recuerdo un Jueves Santo en Zamora: silencio, recogimiento, piedad fervorosa, y un Miserere de fondo que te elevaba a lo más alto. Y después de la celebración… debías descender de ese estado de ensimismamiento hasta lo más terrenal porque había que emborracharse, y pobre de ti si no lo hacías. A esta celebración báquico-religiosa se le llama, como en Cuenca, la “Procesión de los borrachos”.

Que los españoles somos, en general, unos cachondos es una verdad universal que tenemos a mucha honra, pero cachondos en sentido actual, es decir, alegres, juerguistas y burlones, porque, hasta hace unas décadas, por cachondo se entendía única y exclusivamente el que se dejaba arrastrar por los impulsos venéreos. La palabra cachondo es hermana de cachorro, y las dos provienen de cacho, que quiere decir `perro joven´. Por ello, desde la Edad Media, y debido al apetito sexual de este animal, el término cachondo se ha venido empleando en este sentido. En 1250, Abraham de Toledo escribió su Libro de los animales que cazan, y, hablando de las perras cazadoras, aconsejó: “Déxenlas folgar algunos días e non caçen ni corran fasta que sean cachondas, e, después que foren cachondas, déxenlas folgar diez días e después échenles los canes”. Y, por citar otro ejemplo, algunos siglos más tarde recoge Sebastián de Horozco en su Cancionero estos versos escritos contra una vieja que se ha casado con un jovenzuelo de veinte años: “Pues agora a tu vejez / tomaste un barbiponiente, / que con sus dos vezes diez / te mate la cachondez”.

Pero miren ustedes por dónde que, a veces, esta palabrita puede ser ambigua y no sabemos muy bien hacia qué dirección mira. Un compañero accedió por casualidad a la página web que las Dominicas de la Presentación de Barcelona han creado para buscar vocaciones entre las jóvenes españolas y me llamó para que entrara en ella, que no tenía desperdicio. Y allá que fui. En ella, lanzan como gancho a las indecisas españolas —empleando, eso sí, palabras más bien propias de los adolescentes— preguntas directas como “¿Te gustan los hombres, la disco y las pelas? […] ¿Borrachina? ¿Marchosa? ¿Enamoradiza?”; pero lo que me fascinó fue leer lo que habían escrito al final de la página, quizás a la desesperada: “Bien. Tal vez seas la monja perfecta. […] Y no serás la primera: Santa María Magdalena, sin ir más lejos, también fue una cachonda como tú”. No sé si es que han cambiado mucho las cosas, pero creo que decirle a una chica hoy que es una cachonda como María Magdalena es de todo menos acertado. De cualquier manera, ya se sabe lo que dice el refrán: “De cenas y de magdalenas están las sepulturas llenas”. Esto es: por la noche, y si quieres dormir como un bendito, cachondeo, el justo.

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