Posteado por: josejuanmorcillo | julio 30, 2010

Tamaños y diminutivos

Hoy voy a empezar a hablarles de un perro, y lo haré por varios motivos, aunque, de todos ellos, el de más peso es, sin duda, que entre el dichoso perrito y el insoportable calor llevo casi seis días sin pegar ojo. El cánido es de Toni, mi vecino, un prejubilado de banca aficionado a la caza, a cualquier tipo de caza, tanto de pelo y de pluma como la caza mayor y la menor: para él, la cuestión es cazar lo que sea. Toni llevaba ya unos meses hablándome de su perrito Yanko, y ya por el nombre no me imaginaba un chihuahua o un pequinés, sino un dogo, un mastín o una especie de oso ibérico domesticado. Y estas sospechas se hacían más fuertes cuando oía aquellos ladridos a medio camino entre una afonía áspera y desagradable y los gruñidos de la diabólica niña del exorcista. Con todo, Toni siempre relata a sus vecinos lo cariñoso y dulce que es su perrito, las habilidades que le ha enseñado a su perrito, y lo obediente que ha llegado a ser su maravilloso “perrito”. Y ya se imaginan la manía que le he cogido al perrazo, un animalito cuyo tamaño roza lo monstruoso.

El uso de los diminutivos confiere a nuestra lengua un riquísimo abanico de matices semánticos. El valor cuantitativo de estos sufijos ha quedado reducido a la mínima expresión; es decir: los diminutivos, per se, pocas veces indican una connotación de tamaño; si alguien nos dice que se ha comprado una “casita” en la playa, difícilmente nos imaginaríamos un estudio de treinta metros cuadrados. Casi siempre nos vemos obligados a añadir un adjetivo que enfatice el reducido tamaño de aquello a que nos referimos: “una casita pequeña”, “un viajecito rápido”,…

Desde hace siglos, los diminutivos se vienen empleando para expresar estados de ánimo y emociones. Pueden reflejar cariño y aprecio: cuando mi vecino habla de su “perrito” no alude precisamente a un cachorro. También los solemos usar para restar importancia a un asunto que sí la tiene: imaginémonos la típica escena familiar en la que el hijo, con voz sumisa y apagada, se acerca al padre y le dice: “Papá, quería contarte una cosilla”. Pueden connotar ironía, si, por ejemplo, le recuerdo a mi vecino las “nochecitas” que me está haciendo pasar. E, incluso, se utilizan con demasiada frecuencia para crear lástima, como cuando un vagabundo pide a un transeúnte “una monedita”.

Nos dice el DRAE que diminutivo, al provenir de diminuto, es todo aquello “que tiene cualidad de disminuir o reducir a menos algo”, aunque, como hemos visto, no siempre ocurre así. Esta palabra deriva, a su vez, de minuto, que es un cultismo proveniente del verbo minuare (`menguar´); por ello, los minutos menguan, reducen el tiempo cada vez que pasan. De minuto tenemos el término castellano menudo (`pequeño, reducido´), del que han surgido otros como menudillos, menudencias, etc. Una menudencia es el sentido de humor que tiene mi vecino cuando me habla de su mascota, pero tener que soportar la misma faenita todas las noches ya pasa de castaño a oscuro, se lo aseguro.

Ya ven que el tamaño, a veces, sí que importa.

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